«Hay necesidad de anunciar algún acuerdo antes de que abran los mercados el lunes...», era la frase del fin de semana, mientras desde Estados Unidos llegaban con cuentagotas las novedades -como si estuviera peleando Firpo-sobre muchas conversaciones, pero ninguna cifra en firme y ningún mensaje que permitiera saciar la ansiedad de los que velaban armas por la apertura del lunes. Que si el riesgo-país, que si la Bolsa, nuestra locura de todas las semanas y siempre sobre el filo de una navaja. Que siendo distinta en su marca, resulta siempre la misma, y ha convertido nuestro pasar argentino en un sistema ciertamente insalubre, poco habitable, y mucho menos adecuado como para intentar que los genes del crecimiento tengan a bien desarrollarse.
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Visibilidad siempre acotada por neblinas, sacando adelante el día por día y saliendo de permanentes encerronas, como en un tablero donde el rey ya no tiene muchas casillas por donde huir. De paso, aparición de novedades ruidosas -como el informe sobre el lavado de dinero-y una salida al cruce del Ejecutivo, con argumentos para desestimar denuncias que gozan de todo el aspecto lamentable acostumbrado, cuando aquí se intenta colocar mantos de piedad a hechos serios.
Por lo que sabemos al momento de escribir estos cupones, pasada la medianoche del domingo y mientras nos enteramos de una dura derrota de candidatos radicales que llevaban el estandarte del gobierno, nada se anunciaría en ese ansiado arreglo con el Fondo y antes de abrir el lunes los mercados. No es sencillo desde aquí estimar las reacciones, pero solamente afectará la superficie -sea cual fuere-mientras que el fondo de la cuestión es imperturbable: todo en el país es arena movediza, no hay manera de asentar ningún tipo de cimiento, de piso firme, con tal tipo de terreno.
Apenas unos terrenos ganados al agua, tierra de relleno, poco apta para construir lo que se precisa. La inversión en nuestro mercado admite únicamente la apuesta lisa y llana, y si de ello se trata, en la franja de las opciones que es donde se puede multiplicar -como sucedió la semana pasada con Pérez Companc-y jugando a ganar mucho, o perder demasiado. Salvo ensayando aquella reunión de papeles seleccionados, armando cartera para un lapso de los sin tiempo, y donde lo que uno puede llegar a saber es que en el concepto del «valor» de las cosas, ha adquirido un activo barato. Adrenalina pura, en el fuego, en el frente de combate de las opciones. O la actitud ultraconservadora, de esperar lejos del fragor diario mejores tiempos para la cartera.
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