28 de agosto 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

En la segunda rueda posacuerdo con el Fondo, el jueves, se estrecharon las distancias y apareció un punto de sensatez que descremó el exceso inicial y evitó la suba vertical que, quizás, muchos imaginaron en el ambiente. Lo más relevante es que tanto en una dirección, como en la otra, el volumen de importancia faltó a la cita y es lo que ata a las ilusiones de volar muy alto. A menos que en nuestra plaza se invente la mejoría en precios continuada, sin el concurso del dinero para apuntalarlo, el mercado porteño responderá a la máxima de Almafuerte: «Todo lo alcanzarás, solemne loco, siempre que lo permita tu estatura...». Y la realidad, no ya de la plaza bursátil, sino de un país que se ve inundado de bonos, es que la iliquidez aprieta. Aborta todo proyecto, frustra todo intento por montar algo nuevo. En síntesis: nos falta estatura, lo que se pueda alcanzar estará a un nivel bastante bajo, los brazos no dan para más...

Mientras, los términos del acuerdo y las exigencias del Fondo quedaban a la libre imaginación de cada uno, porque Cavallo se encargaba de negar todo tipo de compromiso (a qué se debió, entonces, los doce días que se tardaron). Todo el río revuelto, tal como estaba antes, y se arriba a la hora de poner en práctica todo el sinfín de recortes necesarios para cumplir con las metas. Casi utópico lo propuesto, con esta premisa nos manejamos nosotros. Está cada uno libre de pensar, o sentir, lo que desee, lo importante es que cada titular de activos de riesgo se haga la semblanza del escenario y proyecte en lo que pudiera suceder, a partir del camino acordado.

Se esperaba más ruido, más ambiente de entusiasmo, y lo que se observó es una llanura muy calma, muy cauta, con bastantes dudas que ya se comenzaron a tejer, y sabiendo que es una senda plagada de explosivos. Con legisladores fabricando una ley que le asegure a cada ciudadano ¡lo que ya es de él!... tirando al diablo toda piedra fundamental sobre los principios del capitalismo, la propiedad privada. Se trata de ver como «bueno», lo que es otra mancha penosa más. Decir que el votarse una ley donde ningún gobierno pueda apropiarse de los depósitos de la gente, es un mal chiste, o una buena tragedia. Pero es que se lo toma como una especie de progreso, de logro argentino en pro de sus habitantes. Falta que consagren la vigencia de las escrituras y digan que ningún gobierno podrá confiscar los bienes inmuebles, para sumar otra ley fabulosa y de notable modernismo. ¿No se dan cuenta del ridículo? ¿Qué puede pensarse en el mundo, sobre una ley argentina de tal naturaleza? Mejor, ni pensarlo.

Dejá tu comentario

Te puede interesar