28 de febrero 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Mañana, 1 de marzo, ha de cumplir 125 años la hoy llamada Cámara de los Agentes y Sociedades de Bolsa de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo presidente es el señor Roberto Blanco. El trayecto de la entidad está pleno de hechos jubilosos y momentos de desazón, atravesando varias épocas expansivas del sistema, como también debiendo emerger de crisis que -más de una vez- amenazaron hasta los cimientos de la Bolsa de Comercio.

Cámara adherida a la entidad madre, sus raíces casi coinciden con las de la propia Bolsa, si bien adoptando distintas denominaciones. Así, para 1857 se inicia la Comisión Interior, con la presidencia de Santiago R. Albarracín. Para 1905 se adopta el nombre de Cámara del Interior, que permanece hasta 1925. Desde allí arranca la entidad nominada como Cámara de los Comisionistas de Bolsa, que posteriormente deriva, en la necesaria división de firmas, en Agentes y Sociedades de Bolsa (lo actual).

Existió otra fugaz denominación: cuando para 1870 se dicta el primer reglamento interno, aparece como Comisión de Corredores, volviendo en 1877 a su primera nominación de Comisión Interior. Tiene el privilegio de resultar la más antigua de las cámaras gremiales de la Bolsa de Comercio y en el reglamento de 1854 ya se contemplan «Deberes de corredores», «Penas disciplinarias», «Cotizaciones», etc...

Lo anterior es breve reseña sobre orígenes y cambios de la cámara que nuclea a quienes establecen el preciso vínculo entre comprador y vendedor. Que han debido adoptar distintas modalidades para acompañar la tarea al ritmo del impresionante avance tecnológico, informático, y de las comunicaciones. El tradicional «piso» operativo debió ceder terreno a las operaciones por SINAC, y quien pudo ver parte de las dos épocas acaso llegue a la misma conclusión que nosotros: la dinámica y la capacidad del sistema han forjado operadores mucho más ágiles y provistos de cuanta información, al detalle, se requiere. Pero lo que se ganó en ritmo y tecnología se ha perdido en el «arte de operar». Probablemente los nuevos tiempos se hubieran llevado por delante a los sapientes intermediarios, que formaban las plazas y poseían el tiempo para trabajar la orden. Pero también es muy posible que se hubiera podido aplicar la tecnología al arte de negociar, bajo otras formas, pero con el mismo fondo. Si se nos pidiera un ideal de lo que querríamos, poder ver: tomaríamos una porción grande del talento operativo del viejo recinto, con la presteza, la información y la tecnología de los modernos. Antes, o después, operando con las onzas de oro, con las Cédulas Hipotecarias, o vendiendo acciones del Banco Nacional, o del Bansud. Ya sea en medio del agitado recinto de los «VANAS» o calculando la «prima» para las acciones, siempre el agente de Bolsa es
el eslabón humano necesario. Vaya para todos ellos, en el 125° aniversario de su cámara, los saludos de esta columna (y nuestro respeto...).

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