3 de marzo 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

«Un país, política y socialmente, partido en mil pedazos»... podía resultar una metáfora rutinaria, para cualquier libro de historia. Cuando se observa cómo están las cosas para las próximas elecciones y se recorren las calles, y se ven los noticiosos, sobre las manifestaciones diarias: deja de ser metáfora. Es una simple realidad, que convierte cada vez en más impredecible a nuestra pobre Nación (lo de «pobre Nación», hace rato que dejó de ser metáfora también). Y lo que está armando, casi minuciosamente, este gobierno de confusión, para después de abril, convierte aquello de «la oscuridad del largo túnel»: en una previsión de rigurosa deducción estadística. Baste con leer las novedades diarias, para encontrarse con que estamos en zona de «conflicto cero», todo pasa para más adelante, con las más retorcidas promesas. Cuando todos los que reciben esas promesas, se acumulen juntos para cobrarlas por la ventanilla del próximo gobernante, Dios dirá...

Subir los sueldos, justamente un mes antes del acto electoral, implica también dejar acorralado al que quiera venir detrás: no porque la gente no se lo merezca sino porque una jugada basada en recaudaciones pasadas, sin saber -por ejemplo- cómo habrá de quedar el mundo, y nosotros en nuestra debilidad infinita, después del desarrollo de una guerra que parece inminente.

Todo lo del primer cupón no es apartarse de lo bursátil, es
Bolsa pura. Es tratar de ordenar la realidad presente y utilizarla, para tratar de indagar el porvenir inmediato. Es, sin rodeos, lo que se debe llamar «especulación»: avizorar el futuro, desde el hoy, para llegar a cierta conclusión antes de efectuar operaciones. Y si el mundo no ayuda -porque tiene por delante una guerra temible y, por los flancos, una recesión que está en los cálculos de todo foro económico- y lo interno es un descalabro, con bombas de tiempo incluidas, solamente el muy corto plazo queda como admisible para el mercado de riesgo.

Aquello de sacar partido de una información que pueda generar cierto entusiasmo puntual (como el aumento de tarifas, luego congelado, sobre las de «servicios»), o montarse sobre un movimiento que se advierta, de algún inversor institucional. La nota, imperdible, de Carlos Pagni -el
«Ambito» del miércoles, en contratapa- sobre el nuevo modo de hacer negocio sobre las ruinas de un país, es casi como ver la cara de Satanás aleccionando gente para que armen «partiditos» y después -como pasaba en la zona de oro de Internet- vendérselos a otros, por cargos o por dinero, en simulacros de «alianzas» prostituidas desde el origen. A esto se dedica una buena parte de los que se dicen «personas políticas», mientras los trepadores encaramados serán los que le hagan mercado, para comprarles el negocito. A tales manos va derecho el país, lo que queda, a caer. «Hagan plaza»: no hay tomador...

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