31 de marzo 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

En tiempos de vorágine, hasta de terror, nos vamos en busca de alguna lectura refrescante. Tropezamos con «La Bolsa», de Julián Martel, una obra de 1890 y que fue escrita por quien, en realidad, se llamaba José María Miró.

Era periodista del diario «La Nación», donde se publicara esta novela en forma de folletín, en 1891. Alguna vez hablamos de ella, considerada valiosa desde lo literario, si bien polemizable desde lo bursátil. Pero, el caso ahora no es el de volver sobre lo global, sino solamente sobra la última página de esa obra. Apropiado para el calvario de volatilidades actuales en el mundo, observe el lector esta descripción: «Durante un momento, él probó todo los goces del amor y de la vanidad satisfecha, viéndose dueño de la criatura más hermosa que habían contemplado sus ojos».

«Pero, de pronto vio que los brazos que lo estrechaban transformábanse en asquerosas patas, provistas de largas uñas en sus extremos. Y el seno palpitante se transformaba también, y echaba pelos, pelos gruesos, largos, cerdosos que pinchaban como púas de un erizo.»

«Y cuando quiso huir, arrancarse a la fuerza que lo retenía, fue en vano. Las uñas se clavaron en su piel, y sus articulaciones crujieron haciéndose pedazos. En su espantosa agonía, alzó los ojos buscando la cara que momentos antes besara con pasión, y vio que las hermosas facciones que tanto había admirado, se metamorfoseaban lentamente.» «La boca se alargaba hasta las orejas, y agrandábanse, multiplicábanse los dientes, en tanto que los ojos, furiosos y bizcos, se revolvían en unas órbitas profundas y sin párpados...»

«Y el entonces, debatiéndose en el horror de una agonía espantosa ¡loco, loco para siempre! oyó estas tres palabras que salían roncamente por la boca del monstruo:
Soy la Bolsa

La metamorfosis, la capacidad infinita de la Bolsa para variar de estado, de rostro, de criatura angelical a una fea bruja que parece querer cocinarnos a fuego lento... Lo que relata Martel, quizá haya sido fruto de sueños que se le presentaban, tan metido en los avatares de la crisis bursátil de aquellos años que lo tomó de lleno. La dama deseada, que dispensa todos sus encantos y depara todos los deseos, al día siguiente se ha convertido en un ser monstruoso que nos agrede.


Ahora sí, ahora no, terminando bien una rueda, pero haciéndose pedazos en la siguiente. Y, lo que muchas veces nos gusta reiterar, la gran mayoría de los operadores están preparados y saben muy bien cómo tratar a la dama angelical. Pero, les repugna, no quieren más que huir, si se presenta la otra faz de los mercados.


La Bolsa no prohíbe que existan negocios, con cualquiera de las caras que presente, pero hay carencia de ánimos y de estrategias, cuando se trata de bailar con la más fea. Que, para colmo, puede ser linda otra vez, en un día. La última frase del libro de Martel, es cierto:
«Soy la Bolsa»...

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