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27 de mayo 2003 - 00:00

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Lavagna, siendo ministro de Duhalde enviaba al Congreso un proyecto para que el Ejecutivo -solamente- pudiera decidir sobre esos aumentos. Y que la Justicia, los amparos y todos esos obstáculos a los designios exclusivos de un presidente quedaran fuera de carrera. Pero arriba un nuevo gobernante y aparece reflotando la idea de revisar todo el pasado. Hurgar en los compromisos cumplidos o inclumplidos por las sociedades (lo que parece bien), pero también juzgando los niveles de utilidades obtenidos en una década, bajo concesiones y convenios otorgados oportunamente. Una idea distinta, seguramente, de lo prometido por Lavagna-Duhalde en su oportunidad. De ahí que el mercado estuviera reflejando un andar tan desparejo, con curvas y serruchos imprevistos, como consecuencia de que no se alcanzaba a poder definir en qué tipo de política nos va a introducir el nuevo elenco. La Bolsa completó un período preasunción, totalmente salida de madre: en verdad, una «huérfana» completa, sin tener madre alguna, desbordada por todos lados, como si fuera un inmenso río Salado, loco de atar... ¿Es lógico pedirle armonía a un mercado de riesgo que depende de hechos puntuales, proyecciones certeras, de los centros de poder político y económico? En absoluto. En todo caso, es un reclamo lícito, deseable, eso de encontrar una madre y una tendencia más o menos predecible. El derecho es: abstenerse.

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