Nos parece que lo importante del discurso callejero de Fidel Castro no pasó tanto por el discurso en sí, sino por el modo en que cada uno se apropió de sus palabras, las recicló, las podó en ciertas aristas de acuerdo con sus propios pensamientos y las confrontó con interlocutores varios.
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Como el monólogo fue tan extenso, y en la improvisación de cualquiera siempre hay mucho material desechable, la mayoría nos quedamos con aquellas apreciaciones que más nos impactaron. La nota de Ambito Financiero realizó un recuadro con frases puntuales, buena ayuda memoria a la que cada lector le dio el valor desde su punto de vista. Y debe ser así. Como a nosotros nos pareció relevante algo muy sencillo, sin retórica alguna ni frase genial, pero que es bueno para que tenga en cuenta todo gobernante, directivo o ciudadano: «Hay que saber separar lo deseable de lo posible...» Con fórmula tan simple, complementaria de alguna que varias veces aquí mencionamos, de siempre establecer «qué es primero y qué es segundo», se podría articular algún decálogo que conduzca a los mejores fines, con los vehículos más al alcance de todos.
Si muchos con los que uno habla dicen que «Fidel no te cuenta lo malo de Cuba», la respuesta es: «¿Quién anda por el mundo contando las miserias de su país?». No es un ataque, es una pavada. Sin necesidad de ello, se podrían encontrar temas, de los muchos que abarcó (con gran versatilidad, digna de ser imitada por gobernantes nuestros, que apenas balbucean un par de ideas en lo político y de lo demás, ni jota), como para contradecirlo, si en vez de monólogo hiciera diálogos.
Pero «el día después de Castro» dejó nuevamente en claro que no hay modos de establecer conclusiones valiosas cuando dos argentinos confrontamos. Ni en Castro ni en nada. Y así como si se le ocurre apuntar que tal pensamiento de Fidel le pareció interesante, como para abordarlo, analizarlo, se puede encontrar con que le reclamen: «¿Qué querés, vivir como en Cuba?» La respuesta es: «No, no quiero vivir como en Cuba. Simplemente, quisiera poder dialogar acerca de algo que dijo».
Pero todo es igual. Si se le ocurre objetar la selección de Bielsa le saltarán con: «¿Qué esperás, que venga Bilardo?». Y si son elecciones, cuando exprese que no le gusta tal candidato ni sus planes, su gente o sus ideas, le saltarán encima con: «¿Qué querés, que gane Menem?». No, no quiero que gane Menem. Pero tampoco quiero votar lo que no me parece bueno o elegible... Entre querer a Castro u odiar a Castro, las armas dialécticas salieron cargadas al otro día, de la televisión a la vereda. Desde la radio hasta la mesa de café, del periodismo al panadero. O todo lo que dijo es maravilloso. O no sirve nada, porque es un dictador. El país está repleto de los que aman a Cuba o la critican sin nunca haber pisado su suelo ni haber entrado a dar una vuelta turística. De lo que llega, como noticia trabajada de un lado y del otro, se van formando posiciones terminales. Las mismas posiciones ante lo local, cuando no nos gusta el personaje y nos perdemos de ver qué dice, para apostrofarlo sin más. Cazamos a la persona, dejamos volar las ideas. A lo malo que defendemos le oponemos una alternativa peor con tal de que el otro se calle la boca. Quizás alguien nos diga: «¿Qué querés que te echen, te querés ir a Cuba?». No, solamente que algunas ideas nos parecieron interesantes. ¿Se puede?
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