27 de agosto 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

¿Y qué tal si los rescates de un ser querido los abona el Estado, en lugar de los familiares del secuestrado? Los argumentos dados por el gobernador Felipe Solá, para repartir culpas y dispensarle una porción a la prensa, seguramente que tendrán sus adherentes. O, como nosotros desde esta columna, buscarle otras variedades al menú de cargos que fue presentado. Se pueden extraer pecados de los tratamientos que muchas veces se les da a los casos, en esa feroz lucha por la primicia, por la nota más despiadada, en definitiva, por el «rating». Pero aducir que al mostrar la casa de un secuestrado es develar el estado económico de la víctima a los depredadores es ir demasiado lejos. Acerca de quienes hablan -torpemente, según el gobernador- de «ola de secuestros», al mismo tiempo que anuncia planes de «saturación» política en diversas zonas, es un caso fantástico de boomerang inmediato. Es obvio que si nos planteamos qué sucedería, si nadie se hiciera eco de ningún episodio de esas características, la ineficacia del accionar pasaría casi inadvertida. Todo queda oculto y aquí no pasa nada, porque sólo se enteran los allegados. Un regio regalo a los que viven de una «industria» floreciente: sin difusión, sin prensa, sin ruido que movilice al escarnio popular, todos seríamos secuestrados -por turno- y todos rescatados, sin que nos enteremos de lo que sucedió en el barrio aledaño. Si aun con la enorme presión que ejerce la población, la respuesta es ineficaz, imaginemos cómo sería sin tales pedidos de soluciones. Pero, ya que esa acción no consigue detener el mecanismo del secuestro y los ciudadanos prosiguen indefensos, aquella propuesta inicial no estaría mal: que el propio Estado deba pagar por los que no puede, o no sabe, defender.

Sostener la hipótesis de que a mayor difusión, más secuestros nos retrotrae a etapas donde existía el silencio absoluto y aquí se llevaban a miles de personas, mientras nadie se enteraba de nada. La prensa comete, no sólo en tal tipo de notas, unos cuantos desvíos y exageraciones, pero también ayuda muchísimo. De mínima, en ponernos a todos en estado de alerta. Y de levantar las iras para que se presione sobre los que vienen acumulando funcionarios, y planes, y terminan justificándolo con la «carencia social».

Solá le pegó, como los malos pianistas, a la tecla de al lado para criticar a la prensa. Porque se cae a diario en una tontería merecedora de crítica: cuando se califica de «final feliz», desde cualquier medio, el hecho de que un secuestrado haya vuelto con vida. Palabras muy poco felices, por cierto, pero que alientan a la gentuza que secuestra, para tratar de no asesinar a nadie y seguir planeando nuevos hechos de «finales felices». Pero, claro, quizá para los funcionarios también resulta final feliz que la gente sea secuestrada, se pague, y aparezcan vivos.

Dejá tu comentario

Te puede interesar