12 de octubre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Por ahora, se pasó el match de entrenamiento con bonistas, el que terminan de jugar con inversores cautivos -como son los de los fondos pensión-de nuestro medio: gente que ha visto derivar fondos efectivos, mensualmente, de sus sueldos y que estaban atrapados como aquellos que los funcionarios mal designan como «fondos buitre».

Mejor no hurgar en cuáles han sido la base y los términos del supuesto «buen acuerdo», al que se arribó con los que aportan jubilaciones. Pero casi era sabido que esta primera ronda de arreglos resultaba como cazar a un tigre dentro de una jaula. Y lo cazaron, claro. (Más, cuando el propio tigre tiene la amabilidad de colocar su augusta cabeza frente a la escopeta de dos caños, con que la apuntan nuestros gobernantes.)

Ahora, viene la segunda etapa de la cacería, ya en campo abierto. Y no sobre «fondos buitre», porque el buitre tiene hábitos de comida sobre cuerpos muertos, carroña, no sobre organismos vivos, y ningún inversor del mundo, por más especulador que resulte, querrá ir a tomar activos totalmente muertos. En verdad, la nominación a tales fondos -si se los quiere ilustrar zoológicamente-debería ser el de «fondos tiburón» (el modo en que se denomina, desde mucho tiempo, a los que esperan comprar pichinchas de alto riesgo, pero buscando buena recompensa). Como bien lo define Donald Trump -flor de tiburón, por otra parte-, son el tipo de inversor que, como el tiburón, olfatean la sangre en el agua y acuden en búsqueda del que está herido. Que es lo que han hecho los tomadores de deuda argentina de bajo precio: arriesgando mucho para obtener sus compensaciones.

Más allá de definiciones, se avecina el tiempo de ir a desarrollar la cacería de los más peligrosos. Y conviene recordar otro viejo axioma del mercado:
no vender la piel del oso antes de cazarlo. Porque se percibe cierto triunfalismo por lo de los fondos pensión nacionales, también bajando desde medios periodísticos que crean la inducción. No es posible creer que porque se haya cerrado un acuerdo local, que los foráneos saben que estuvo bajo absoluta presión, los demás bonistas se verán entusiastas por hacer lo mismo. Y siempre queda latente la gran pregunta: ¿qué habrá de suceder con otros deudores de bonospaís, si es que la jugada le sale bien a nuestro gobierno? Puede esto fabricar un desorden mayúsculo, una suerte de mala jurisprudencia para los acreedores: a lo que resultaría difícil explicar por qué se aceptó lo argentino, con semejante quita, y no a otros países que se coloquen en igual tesitura. Un aspecto que no suele integrar las crónicas, como si el único país emisor de bonos de deuda fuera el nuestro. Es todo un movimiento testigo el que se habrá de presentar detrás del ofrecimiento argentino. (En altas esferas se debe estar evaluando el costo de aceptar y en función de un «efecto cascada» posible.)

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