15 de noviembre 2004 - 00:00

Cupones bursátiles

Vino otra vez «aplastada» la semana, donde menudearon las noticias, las versiones, las desmentidas, las fuertes expectativas -alentadas desde el mismo centro de poder-y que posteriormente toman un sendero natural, no quedan mecenas en el mundo -solamente gente que quiere hacer negocios, si es que les conviene mucho-y la posibilidad de arreglar los ingresos de modo indiscriminado es solamente una bella poesía que crea la ilusión, para desflecarla. Por tal camino, aunque veamos salir el sol por la mañana, habrá que aguardar una confirmación oficial y ese reino de la incertidumbre y el tener que permitirse dudar de todo difícilmente puedan ser vitaminas para una Bolsa. Anclando la nave en aguas de sesenta, menos de setenta millones de profundidad, el Merval navegó como pudo. Un día haciendo gala de un ponderado que recibió los «chirlos» justos, en el anca de Galicia, Acíndar o Petrobras, y dando aumento global. En otra rueda, sin poder cubrir el deterioro general de las líderes y acusando leve baja. Lo único parejo, como en una suave planicie, esas sumas que concurrieron al volumen accionario. Que deja al mercado a media agua, sin hundirse, pero sin navegar. Esperando que soplen vientos o rogando no toparse con un arrecife. Los 1.300 puntos fueron constantemente vulnerados, pero nunca retenidos. Hasta se llegó a pasar a los 1.325 puntos, como para decir... «bueno, ya está». Y no alcanzó esto a convencer demasiado, cuando llegaban las oleadas de desmentida y chinos por todas partes inundando mesas de noticias. La misma Bolsa se propuso empezar a enviar sus señales en chino básico, sin alcanzarse a entender en qué punto de cocción se hallaban esos benditos -malditos-1.300 puntos.

Y así se nos fue la semana, mientras la
Caja de Valores realizaba sus festejos por 30 años de impecables prestaciones, la única nota de color brillante que apareció en el período del ambiente. Lo demás, chato, gris, varado en un fondeadero al abrigo de males mayores (si es que la oferta continúa siendo tan profesional y poco llamada a la desesperación por vender). Ciertamente, los pronósticos se han vuelto otra vez difusos para saber en qué nivel clausurará el Merval el ejercicio de 2004. Estado de flotación, donde uno no sabe si el cuerpo está yendo hacia arriba o hacia abajo. Cabe el elogio para la calma que se mantiene cuando las novedades vienen en contra, cuando las grandes noticias se desinflan solas, cuando los estímulos no surgen de cuerpo presente, sino en la esperanza de que ocurra. Somos un mercado donde, en casi toda la historia, han cotizado más los sueños que el dinero. (Y no está mal que así sea.)

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