Buena parte de los que poseyeron título de deuda argentina, optaron por admitir el cambio de papeles: si dentro de cierto tiempo los nuevos niveles se encuentran nuevamente sin respaldo, o víctimas de alguna otra oferta unilateral de éstos, o futuros, gobernantes, no tendrán ni siquiera el derecho a quejarse. Un simple principio del mundo real, no de los economistas teóricos, define muy bien la situación: en una estafa, la primera vez es culpa del otro. En la segunda ocasión, la culpa es de uno. Los títulos entregados vuelven a ser, simplemente, fiduciarios y detrás de ellos solamente existe la promesa de honrarlos. Pero quien lee entre líneas, posiblemente encuentre la salvedad virtual: «siempre y cuando algún gobierno argentino no entre en emergencia económica...». El temor a quedarse con lo supuestamente incobrable -y la labor psicológica fue amplia en tal sentido-hizo que se produjera la transformación por papeles del «puede ser» y asumiendo, claro, el formidable recorte impuesto.
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La alta adhesión, o la baja, no pueden hacer variar los conceptos sobre el operativo instrumentado y que distan totalmente del concepto presidencial acerca de que había miles de millones que estaban a punto de ser «saqueados de nuestras arcas. El verdadero saqueo se produjo a la inversa y esto queda como una jurisprudencia en el sistema internacional que si otros gobernantes aprovechan, podría significar una suerte de «rebelión de los deudores» que corra como epidemia.
Y, en definitiva, que el canje haya alcanzado proporciones afines a lo que deseaba el deudor: es haber convalidado que un jugador desleal prosiga sentado en la mesa del sistema financiero internacional. Acaso muchos de los que convalidaban tales conceptos, acomoden las conclusiones al resultado práctico obtenido, que no es demasiado común ponerse frente al carro del triunfador, so pena de soportar su irritación. Resultó un éxito para los que planificaron semejante mecanismo unilateral, encontrando que buena parte del mundo abdicó mansamente. Lo de la porción local no puede tomarse como otra cosa que el simple resultado de todas las presiones puestas a disposición del objetivo, y el canje de favores, como para que existiera una tropa bien subordinada. La Bolsa, obviamente, supo sacar partido del ambiente festivo que envolvía la rueda del viernes. Aunque el desarrollo semanal había venido entrecortado y falto de armonía, esa rueda final respondió a la organización del festejo financiero y bursátil. Se decía casi con seguridad: la Argentina ha salido del default. Para muchos, era sinónimo de haber recuperado la dignidad. No para todos.
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