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Casi nada podría objetarse de esta situación de medianía, observando lo que ocurre en el contexto interno y aquello que aporta el panorama internacional. Días atrás, la expresión de «ojos desorbitados» se ajustaba bien a lo que muchos habrán sufrido, cuando leían las estimaciones de la casa que más trabaja con tal tipo de activos -petróleo-y que consignaba un pronóstico de niveles arriba de 100 dólares para el barril. ¿Y cómo juega en el concierto de la economía mundial, una realidad como la que se profetiza en el petróleo? Por aquí, será cada vez más difícil poder tener acollaradas a las petroleras, con aquellos convenios que se habían armado «por si el barril pasaba de u$s 28,50».
Muy difícil que no deba admitirse un salto en el precio de los combustibles, por más presión «a full» que ejerzan nuestros «diplomáticos» gobernantes. Pero ¿y qué pasaría con un Brasil vecino que resulta importador neto de petróleo? Si a ellos les genera un pico recesivo, o inflacionario, los reflejos los sentiremos de lleno.
En tanto, toda la economía mundial -con el acento en situaciones como las de Japón- podría ver saltar las agujas, como sucediera en las famosas «crisis petroleras» desatadas a partir de los '70. Desde que la OPEP se dio cuenta de su enorme poder y -curiosamente- no a través de los propios árabes, sino de un hábil y visionario funcionario venezolano, que les enseñó de qué modo poder estrangular a las grandes economías.
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