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Como nadie parece quejarse abiertamente, aunque todo el mundo ve que la velocidad de extinción de un billete de $ 100 va cambiando de marchas de manera entusiasta, algún proceso metafísico debe estar sucediendo como para que un acumulado oficial en el año de no más de 6% no nos tenga en el paraíso, sino en la tremenda cruzada de intentar alcanzar la orilla del siguiente principio de mes. Debemos pedir disculpas, por no comprender cómo funciona un medidor que se distancia tanto de la sensación de la vida real. Es que apenas si hemos conseguido comprender un poco de lo bursátil. Y aunque somos de la generación que se fue haciendo grande, viviendo en un «hábitat» de procesos inflacionarios delirantes, no hemos podido entender la falta de correspondencia entre aquello que uno debe consumir, sí o sí, en el devenir de su vida (y sabe perfectamente de qué modo van aumentando a cada momento) y lo que la estadística nos dice que ha sido.
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