6 de octubre 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Seguimos internándonos diariamente en la revisión de los balances ingresados por junio -trimestre y también los que cubrieron todo un ejercicio-, y la pérdida de margen bruto en casi todos los rubros se ha hecho una constante. Hay un avance de costos, y éstos, según la especialidad, tienen pocos componentes para constituirse. O una serie robusta que integra tanto al costo local como de aquellos insumos que tienen que ver -sí o sí- con el precio del petróleo internacional, o directamente con el dólar. A todos les competen las subas salariales y la parte social, aunque en tal caso les pegan mucho más en el costo a las que son intensivas en personal. No es sencillo poseer una visión universal para medir y juzgar los costos, porque las características del negocio son las que definen. Pero, afortunadamente, en nuestro medio tenemos gente tan iluminada que puede simplificar y resumir problemáticas complejas, volcándolas en residuales tan lineales como: «No hay control de precios, sino de costos» (dicho por el singular secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno). Al menos una cuestión quedó definida, después de la disparidad semántica donde el gobierno siempre negó control -y lo llama «acuerdos-, pero que el señor Moreno admite: sólo que variando al sujeto de los desvelos.

Control hay, no es otra cosa, aunque en la terminología oficial la expresión control se traduzca como: acuerdo. Así como la coacción se debe interpretar como: negociación y canje.  


De qué manera se pueden monitorear costos tan variados, y variables, salvando los rasgos especiales de cada sector industrial, y hacerlo de modo continuo: es una fórmula secreta, acaso digna de Harry Potter. Pero el mismo funcionario insiste con otra de las maravillas argentinas actuales: tener el aparato medidor de utilidad. Por medio de tal herramienta, dice «resguardar una tasa razonable de ganancias para los empresarios». Con lo cual, se tiene un organismo que monitorea y controla costos generales. Así como determina -con otra fórmula secreta- a qué número se debe considerar una «ganancia razonable».

Sospechamos, suponemos que la mayoría de los empresarios también, que la verdadera fórmula funciona al revés: estimar un número de inflación deseada y, sobre la base de ello, colocar un techo a todo lo demás. Sin importar costos que se quieran exponer ni tasa de ganancia que resulte lógica para el tipo de rubro. En cada actividad hay una estadística histórica, local e internacional, que da cierta precisión sobre la tasa de rendimiento que poseen los negocios en la economía.

La «razonable» del funcionario hace que hoy aquí se venda el azúcar más barato del mundo (como lo señala Ledesma) o se pague el gas más barato, o el cemento. Es de temer.

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