Era también un 28 de noviembre, pero... de 1940. Quien tantas veces había definido al «éxito» en los mercados con un simple: «radica en el momento de la decisión», estaba a punto de poner en práctica la fórmula. Y tomar una crucial decisión...
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El hombre se llamaba Jesse Livermore y estaba sentado en un taburete del bar del hotel Sherry-Netherland. Mientras jugueteaba con el vaso de su segundo Martini, volvía a repasar la libreta de notas donde estaban sumadas todas sus deudas. La línea final daba u$s 365.000, suma que no hubiera representado mucho problema para él en otro momento. Pero ahora, desde que había que ajustarse a las nuevas normas de la SEC, a las regulaciones, a todo lo que limitaba las manipulaciones de mercado, esa cifra era un cerco que no tenía ninguna salida.
Comenzó a escribir una nota para su mujer, Nina, pero todo terminó por resumirse en una frase repetida sobre el papel: «Mi vida ha sido un fracaso...». Iba a dirigirse al baño de caballeros, pero cambió de rumbo para ir hacia el fondo del salón y dejarse caer en una silla. Allí sacó una pistola, se la apoyó en la sien... y el hombre pasó a ser leyenda. Más bien, a que ella quedara en pie, porque venía siendo leyenda en vida.
Dotado de condiciones ideales para la especulación y otras yerbas adicionales, su fama se fue instalando en un largo raid de hacer fortunas y perderlas.
Operando en mercancías se lo tituló como «El rey del algodón» y la quiebra en tal negocio le dio más notoriedad al ocupar páginas con el tema. A todos convenía el enorme ruido que causaba en los mercados, y los corredores, los mayores acreedores, no lo acorralaron, dejaron que pudiera reflotar. Y capturó seis millones de dólares especulando en acciones, cereales, cobre, quedando absuelto. Clasificaba a los participantes en tres clases: 1. Los que aprenden por conocimiento. 2. Los que aprenden por experiencia. 3. Los que nunca aprenden. Y pensaba que Wall Street era un «prostíbulo gigante», donde los socios eran «madamas», los clientes «chulos» y las acciones «prostitutas».
Indudable ídolo de los «bajistas», un año antes de su drástico momento de decisión -viéndose ya decadente- procuró recobrar fama a través de un libro donde, en teoría, estaría escrito el secreto de su éxito. Se ufanaba de conocer a la gente y decía que «son bobos por instinto, sueñan con un método mágico para la predicción de los precios y están dispuestos a pagar por ello...». Así publicó, con grandes propagandas, algo titulado como «La clave de Livermore». En verdad, un recuento vago de viejas fórmulas, pero con la idea perversa de dejar confundidos a los lectores y que tuvieran que recurrir a él (para manejarles el dinero). Mucho de su leyenda hacía agua, pero vale aquello de: «si la leyenda supera al personaje, imprime la leyenda». Y hoy lo recordamos como tal.