No se termina de asimilar una caída fuerte cuando ya hay que estar hablando de una reacción importante. Pero esto vino durando muy poco y -ciertamente- gobernado el mercado por variables que no son autóctonas y que tienen el temido rótulo de «imprevisibles». Al ritmo de números que mueven las expectativas de la economía norteamericana, estuvieron aterrizando mediciones que hicieron variar de un día para el otro el ánimo de ellos y, por simple peso, de todos los mercados que bailan en su derredor. Mientras veíamos con preocupación tal danza de subas y bajas, donde no se puede más que correr detrás de los efectos y disecar los movimientos sin poderlos anticipar, una visión sobre el ámbito doméstico nos colocaba en primer plano otro de los «milagros» de nuestra política interna: efectuar un ataque tan eficaz como para que todas las entidades ligadas al campo llegaran a mancomunarse como no se veía hace tiempo.
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Y el disparate de los «precios sugeridos» tratando de imponerse sobre lo que se forma en oferta y demanda públicas y libres, siendo el aparente detonante último para disparar ese frente agropecuario mostrando su enorme disgusto. Si unimos los sucesos de lo bursátil con las motivaciones de la actitud del campo, se nos ocurre digitar una caricatura que quizás alguna vez nos llegue desde la Secretaría de Comercio Interior a la Bolsa: para evitar el desagrado de altibajos notorios en las cotizaciones accionarias, anunciar un listado de «precios sugeridos» para los papeles que se transan en las ruedas diarias. No deja de ser una humorada, pero tampoco nos atrevemos a pensar en un imposible. El que descree totalmente, hasta intervenir y dañar los sensibles mecanismos de los mercados, es capaz de cualquier cosa, sin importarle ámbito ni características. Y el funcionario Guillermo Moreno está dando sobradas muestras de ser un personaje al que le puede caber la idea.
No se asombre demasiado el inversor sin mucha experiencia, porque varias veces en el historial surgieron iniciativas de tal tipo en nuestro medio y con distintas ideologías de gobierno. Desde el legendario «manco» Varela, en el siglo XIX, que clausuró la Bolsa pretendiendo que era la culpable del «agio» sobre el oro; pasando por el funesto organismo IMIM, de la época del primer peronismo, con distintas recetas se presentaron autoridades económicas pretendiendo regular las subas y bajas de la cotización bursátil.
Afortunadamente, fueron la mayoría quedando en intentos, pero demostrando la actitud de desconocer las leyes básicas de los mercados, sin medir las consecuencias. El señor Moreno amplió su radio de intervención, llegando a instancias superiores y provocando frentes de conflicto a los que se quiere tildar de « razones políticas» opositoras. Una fábrica de crear problemas donde no los había.