Es muy arduo intentar ingresar al conflicto con lo agropecuario, tarea que -por otra parte- ya está siendo regada y difundida desde todo ángulo y por gente especializada. Por otra parte, lo vinimos siguiendo con bastante asombro, no afectó en ningún momento la actividad bursátil y hasta le dejó dispensar un saldo suculento al Merval de la semana (suba de 3,75%).
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Desde el simple «mangrullo» de nuestro sector, sí nos llamó la atención el tratamiento que se fue dando en los medios a una muy esperada reunión entre directivos del agro y funcionarios oficiales. La palabra «dialogar», en todas sus variantes y tiempos, resultó la más utilizada. Las caras que mostraban los dirigentes, terminada la larga reunión, dejaban claras muestras de la realidad.
Y sucede que para interpretar a nuestros gobernantes se debe poseer un «Diccionario K», que si bien utiliza las mismas palabras por todos conocidas expresa definiciones distintas. Algún ejemplo de las más notorias puede hacerse a mano alzada. La ahora tan en boga por estos días «dialogar»: que el interlocutor se limite a escuchar lo que tienen para decirle.
Otra, para los precios, «acuerdo»: imposición oficial de una lista de valores máximos, bajo control. Para el caso de tratar deuda pública, «negociación»: menú unilateral presentado al acreedor, sin nada para discutir. Tómelo o déjelo.
También integra el particular y virtual «diccionario» la definición práctica sobre qué es un «bonista»: primo hermano cuando compra. Buitre y codicioso, cuando reclama.
Parece sólo un simple juego, ensayando alguna columna humorística, buscando con sintonía fina seguramente que el propio lector podrá agregar más términos y sus correspondientes definiciones, tomadas de la práctica de los funcionarios. Lo más preocupante es que no se trata solamente de un juego, sino el modo sistemático de invocar palabras suaves a métodos duros de aplicación constante. Solamente en un ámbito privado, en voz baja, algún empresario reconocerá que solamente fue a oír disposiciones ya tomadas, sin margen para la discusión. En público, todos aseverarán que se trató de un «acuerdo» concebido entre ambas partes.
Y es hasta el día de hoy que el oficialismo se sigue autoelogiando por el exitoso operativo de la «negociación» de la deuda, estando a la vista que solamente se realizó una oferta a gusto y placer del deudor y que -de paso- vociferó contra los acreedores.
Ahora, cuando todo se paralizó, repitiéndose en los medios la invitación a «dialogar» con el campo, era de imaginar que directivos de entidades saldrían con la cara larga después de sólo escuchar qué les ofrecían. (Aunque Fernández luciera complacido.)
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