2 de abril 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

No podemos menos que ver de buen grado los anuncios formulados en los Estados Unidos acerca de una «reforma financiera» -como se difundió en todos los medios-que, en verdad, debiera ser denominada como « adecuación de las normas que rigen la actividad financiera y bancaria».

Para no jugarnos demasiado sin ver, es preferible adherir a los considerandos que se dieron para fundamentar lo que se propone. Cierto es que uno siempre suele ir en adhesión a aquello que uno mismo propugnaba, o pensaba, y el lector recordará que no una, sino muchas veces hablamos de la carencia de responsables a la vista por el desastre creado. Y del jolgorio en que se ha convertido el alma de los mercados, donde los instrumentos se van mutando, eslabonando unos con otros, sin tener ningún límite la mente febril que se proponga potenciar una inversión normal, clásica, hasta hacer de ella una bomba de tiempo.

Lo que derivaba en tener que modernizar los marcos, ya vetustos, ya vegetativos, por haber sido forjados para un tipo de mercados que no contaban con todo lo que rodea a los actuales ( informática, comunicaciones, etc.).

Algo así es lo que plantearon desde la Secretaría del Tesoro, al aducir: «Nuestra estructura normativa actual no fue elaborada para funcionar con el sistema financiero moderno, con sus diversos participantes, su innovación, la complejidad de sus instrumentos, su integración mundial». El grueso de la legislación que todavía hoy se aplica resultó derivada de la Gran Depresión de los años 30, habiendo sido «emparchada» ante cada momento de crisis en los mercados. Lo que puede verse es que la calidad y volumen de los negocios, y artimañas que se ponen en danza en cada nuevo episodio, superan a lo anterior. Es como que los audaces y los indeseables, que pueblan todos los ámbitos donde corre dinero, están ya muchos pasos adelante de toda norma y legislación que les ponga límites (los penalice, además).  

Lo hecho, hecho está. Las consecuencias están a la vista. Obviamente que este proyecto no irá a cambiar, ni resolver nada de lo ya acontecido, y se seguirá sufriendo. Si no se trata de una simple cortina de humo para calmar la animosidad de la gente y los gruesos orificios que han mostrado las autoridades y sus controles, suponemos que el proyecto tendría que ser apoyado con enjundia. Sin embargo, ya surgen voces disidentes. El economista Paul Krugman dijo que «el gobierno no aprendió nada de la crisis actual, pero por razones políticas debe aparecer haciendo algo». Y agregó que es un «reacomodo de lo que ya existe». Político o no, preferimos que se esté pensando en crear redes más seguras, antes que solamente esperar el próximo acto. Krugman es famoso, nosotros no somos nadie, pero preferimos la acción antes que mirar parados. Opiniones.

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