14 de julio 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Y estos norteamericanos no pierden la pimienta de las definiciones, ni cuando la mano viene de degüello. Nos encantan semblanzas dadas por un tal Charles Lieberman -presidente de un fondo de inversiones- cuando apuntó que «hay una horrorosa irradiación de puro pánico...». Pero, más aún, y como dibujando una figura perfecta con la palabra, remató con: «Tengo miedo de pararme frente al tren...» (de ventas de acciones, claro). Hay que decirle que aquí también estamos con miedo y parados frente a un tren, que parece el «tren bala» soñado por nuestro gobierno. La figura de estar en medio de las vías, indefensos, temblorosos, esperando el tren que viene de frente, es un «cupón bursátil» bellísimo, (sin que este hombre lo sepa, se lo vamos a incorporar a nuestra galería de definiciones ingeniosas y muy prácticas).

Acostumbrados a denominar como «locomotora» de los mercados al viejo Dow Jones -acepción mundial-, lo que ha apuntado este señor, tan muerto de miedo, es como si la locomotora hubiera entrado en reversa y pisoteado sin piedad al tren que debe arrastrar hacia adelante. Cuando se quiere suponer que lo «peor ya ha quedado atrás» (escuchado varias veces, desde hace un par de meses) se descuelgan novedades de enormes bancos que se derrumban sin piedad.

Y esto es lo peor: que todavía no está sobre la mesa, en superficie, como para poder decir que allí está todo el desastre. Y que a partir de haber llegado al fondo del pozo, no queda otra que empezar a tratar de escalar.

En este caso de crisis -que, con demasiado facilismo se quiere comparar con la Gran Crisis, de 1930- resulta que siempre se aúnan malas noticias, y de peso, para seguir presionando la delicada situación. Con lo cual, no se puede llegar a intuir dónde está verdaderamente el fondo del tal pozo. Siempre hay unas nuevas «palas de pico» para llevar la profundidad más hondo todavía.  

Esto, no tener una idea más o menos certera de dónde habrá un final, un fondo de pozo, es lo peor que les puede pasar a los mercados (al de ellos, al nuestro, al de todo el mundo) porque trunca cualquier intento de que comiencen a actuar los mal insultados «especuladores» en corto. Que resultan ser la brigada que primero les pone el pecho a las balas (o al tren). Siempre y cuando se posea una noción de que el piso firme no está lejos. Cada nuevo intento por producir algunas subas que devuelvan ánimo a las diezmadas filas choca con noticias como éstas: donde más entidades caen. Donde ya se piden controles a voz en cuello. Y donde se advierte que todo parece todavía fuera de control. Un tren loco...

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