Ya la crisis norteamericana ha variado su patrón de medida, no hay que calcularla en tiempo, sino en caída de bancos. Si se llega a poder establecer cuántas entidades más saldrán de abajo de la alfombra, para dar una nueva sorpresa, casi se podría vislumbrar aquel «lo peor ya pasó» (que se vino repitiendo frente a toda medida tomada, quedando como una más de las tantas tonterías que registra la historia del mundo). O bien, existe un secreto de Estado, para no generar pánico en la población y las noticias van surgiendo de a poco, dosificadas. O bien, ni siquiera en lo más alto del poder tienen una idea cercada sobre la verdadera dimensión del cráter. Habría que votar acerca de cuál posibilidad es la más creíble, siendo pésimas las dos, pero por el momento la actitud más sabia es apoyarse en la desconfianza y solamente empezar a creer, cuando aparezcan realidades sobre la mesa.
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Más o menos como lo que nos sucede por aquí, si bien por otro tipo de enfermedad, donde ya cualquier dato puede ser puesto en polémica. Y donde la Presidente tiene la ocurrencia de hablar de muchas empresas que ganan mucho, cuando uno va viendo balances bursátiles que denotan resultados inferiores al pasado. Y que si se hicieran en «términos reales», resultarían mucho más preocupantes. Porque toda compañía que muestre una evolución de cifras «históricas», respecto de 2007, por lo menos debería ofrecer más de 30% de superación: para decir que ha ganado más que antes, deflacionado.
En estos días el Merval clásico estuvo nutriéndose con petróleo, mientras el listado doméstico se encargaba de mostrar la otra cara. El «fondo del mercado» no ha dado señales de variar su dirección, aunque en superficie se hayan visto algunas muestras de rebotes, atadas a las sociedades ligadas a lo petrolero. Todo muy precario, mientras el simple inversor suspira por algún desquite que le llegue pronto, después de más de año y medio de ver a nuestra Bolsa en decadencia. Demasiado desgaste, como para renovar aquella pregunta que no posee una respuesta posible (y mejor que no la tenga): ¿cuánta gente ha perdido el sistema local, a lo largo de esta sequía de tendencias? Y más cruda todavía: ¿cuántos de esos desertores, obligados, habrán de recapturarse en la inversión accionaria? Hemos conocido gente que juró nunca más volver y volvió, cuando la tendencia se dio vuelta. Pero, también conocimos a unos cuantos que, después de juramentarse, nunca más aparecieron por el ambiente. Sin contar allí a los «quemados», los que se la jugaron a fondo en la reversión y fueron liquidados entre pases, opciones o cauciones. Siempre creímos que la verdadera factura que se paga en épocas como ésta es en capital humano. El achique.
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