24 de septiembre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Así como se iban tomando las primeras medidas, después de intentar el discurso de que esto no era una crisis, sino un simple disturbio financiero. Y después sobrevenían otras más notorias, decíamos: que ello marcaba el grado de preocupación y gravedad que delataban. Lo que finalmente se presentó de cuerpo entero, movilizando el reciente y desesperado «salvataje» anunciado. También imaginamos qué alto grado de debilidad y preocupación se debe haber presentado en el seno de nuestro gobierno, como para que en no más de un mes haya tenido que conceder dos noticias a los mercados, como las dadas.

No habrá sido sencillo digerirse los dos «sapos vivos», que seguramente habrán desconcertado al grueso de una tropa que quería ver al gobierno mucho más cerca del otro cuadrante que del ahora visitado. Negarse a responder compromisos, ni siquiera querer oír hablar de ello, llevó ríos de textos y discursos advirtiendo que el país no se movería un ápice de su posición.

Y resulta que primero fue tender un puente hacia el Club de París. Ahora, mucho más sensible, ofrecer en Estados Unidos una respuesta positiva a los «bonistas» que seguían reclamando. Y esto es lo que nos promueve la idea de lo difícil que se debió avizorar el porvenir de años venideros, si es que no se volvía a los canales de crédito internacional.

Todavía habrá que ver en qué termina la supuesta oferta, o si hay otro cuchillo criollo bajo el poncho. Y si los que puedan reingresar al operativo soportarán que se les sigan falsificando indicadores a pura voluntad: para reducirles la renta prometida. Nada que comienza con un anuncio después sigue en carriles veloces y normales. Esto también forma parte de un «estilo», del que se ufanan muchos funcionarios -y lo llaman «modelo»-, pero que, a la inversa, siembra la duda y desconfianza en la comunidad global.  

Pero son pasos inimaginables si -por ejemplo- hubiera salido bien el tema de las «retenciones» y la caja pudiera estar rebosando de esos extras que querían tomar. La Argentina, como casi siempre ha sido, apela a los buenos modos y a mostrarse serio y cumplidor en sus promesas, en las temporadas donde se las ve mal, muy mal. Que en cuanto se da una serie de años de racha buena, se nos para la cresta y picoteamos al prójimo sin miramientos. La gran trinchera armada en estos años está teniendo boquetes para comunicarnos con los demás y aceptar -en principio- los reclamos. Una de las más impactantes novedades de este 2008, hasta teniendo que readecuar principios largamente vociferados.

De todos modos, crédito y confianza se destruyen velozmente, pero se recuperan mucho más lentamente. Y si no se tiene en cuenta, se llevarán muchos disgustos.

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