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1 de octubre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

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... Y Bush se había adelantado a esa votación en contra que le tocó en el Congreso, donde hasta cierta parte de su «tropa» optó por votarle en disidencia. Al decir que la cuestión sería difícil, porque «el plan es muy poco popular entre los contribuyentes...», estaba diciendo mucho. Después el mercado de Wall Street salió con el cuchillo entre los dientes, como para colocar en muy incómoda situación a esos legisladores. Pero, más allá de «mostrar su decepción» por los votos, no leímos que se haya hecho todo un sainete acusando a representantes del pueblo de traidores (y otros términos deplorables, que tanto hemos oído oportunamente por nuestros lares).

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El lunes, sin saber de esto, habíamos apuntado a la posición de Bernanke y -en especial- de Henry Paulson, que aparecía como comandando el operativo de salvataje, de un navío que no había sabido pilotear en la tormenta. No pudimos menos que congraciarnos con el republicano John Culberson, nada menos que de Texas -riñón del partido- cuando aseguró que «lo que simplemente estamos haciendo, es coronar al rey Henry», dirigiendo el misil directamente al secretario del Tesoro. Y afirmó que «debemos darnos un tiempo, un tiempo para reflexionar...».  

Por supuesto que entre todos los desesperados, que quieren ver llover los dólares para tapar sus desastres, esto no caía para nada bien. Pero, muchas voces y opiniones se negaron a tener que votar un «paquete», sin poder siquiera analizarlo y colocarle las objeciones. ¿Podría ser que, en efecto, lo que se quiere es que los que figuran como «salvadores» tengan que dar el paso al costado? Por de pronto, ese cheque descomunal no se lo otorgaron, mucho menos la potestad para hacer a gusto y placer. Se dirá que los mercados sufren. Pues es el sufrimiento que corresponde, a un desastre como el que se tiene que asumir.

No es descabellado imaginar que aquellos que tuvieron el máximo poder y radio de acción, a lo largo de mucho tiempo, y que son grandes responsables de lo que estalló deban bajar al llano, destituidos, y afrontar las consecuencias. Se nos ocurre mucho más inaudito que sigan en sus puestos, después que chocaron al navío contra el iceberg. Y que fueron tejiendo medidas y propuestas, y pedidos de miles de millones, que resultaron totalmente inocuos y hasta vieron, en cada ocasión, que hacían el efecto contrario. La gran falencia de esta época, a diferencia de otros momentos de crisis, es que no hay un verdadero «gran personaje» capaz de doblegar expectativa, con su sola presencia y acción en el escenario. Falta «alguien» en quién creer.

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