Depósitos en dólares y la gobernabilidad en Argentina

Economía

Esta especie de "tiempo muerto" en el que vivimos hoy, en el que estamos sumergidos, es un tiempo de transición de una estructura económica a otra que puede, ser sin embargo, muy fructífero si se lo utiliza para madurar intelectualmente algunas cuestiones económicas que no pueden escapar al diseño de cualquier plan económico que pudiera pensarse. Una de esas cuestiones es el tema de los depósitos en dólares.

A medida que pasan las semanas y los meses, poco a poco va madurando la idea en forma generalizada de que la actual situación económica derivará más tarde o más temprano en un nuevo plan económico integral. Si no hay cierta aceleración en dicha maduración, es porque la tasa de inflación todavía está en el rango de lo aceptable y porque, como el agujero fiscal es muy considerable, se tiene la creencia, falsa, de que todo posible plan económico derivaría en un “ajuste fiscal” que exprimiría aún más los ya muy flacos recursos con que cuenta el sector privado. Esta especie de “tiempo muerto” en el que vivimos hoy, en el que estamos sumergidos, es un tiempo de transición de una estructura económica a otra que puede, ser sin embargo, muy fructífero si se lo utiliza para madurar intelectualmente algunas cuestiones económicas que no pueden escapar al diseño de cualquier plan económico que pudiera pensarse. Una de esas cuestiones es el tema de los depósitos en dólares. ¿Qué vamos a hacer los argentinos con ellos? El tema no es menor dado que en forma directa o indirecta la cuestión de los depósitos en dólares está casi siempre presente en cualquier ejercicio económico mental que se haga, por lo que soslayarlo da pie a problemas muy serios.

Si hay alguna duda de ello basta con citar cuatro claros ejemplos. El primero de ellos fue en su época muy comentado, pero pocos lo recuerdan. Fue la pesificación a tipo de cambio oficial, confiscatoria y forzosa llevada a cabo en 1964 por Eugenio Blanco, ministro de Economía de Arturo Illia. La jugada, que parecía una gran avivada, terminó tan mal que facilitó en forma considerable el golpe de Estado de la denostada “Revolución Argentina” que puso en el poder a Juan Carlos Onganía, dado que un sector considerable de la población de clase media ya no quería saber nada más con Illia después de esa terrible idea. Muchos años tardaron esas heridas en cicatrizar, hasta que, en plena dictadura José Martínez de Hoz intentó que los bancos privados pudieran captar dólares nuevamente. Como la gente era remisa a depositarlos en los bancos, Martínez de Hoz ideó un esquema tan sencillo como perverso: que los bancos tomen depósitos en dólares otorgándoles garantía estatal. Ello provocó que esos depósitos empezaran a crecer. El Estado no tenía ningún control sobre ellos y los bancos podían prestarlos al sector privado con gran liberalidad. Pero al tiempo de andar sobrevino la recordada quiebra del Banco de Intercambio Regional -en aquella época un gran peso pesado- y la debacle de su controlante, el Grupo Sasetru, que se había expandido fuertemente en todo el sector alimenticio. Sasetru no pudo devolver los créditos en dólares a su banco controlado, provocando la primera de todas las grandes crisis de confianza en ese régimen militar.

El gran problema fue que el BIR había tomado grandes cantidades de depósitos en dólares y el Banco Central no contaba con muchas reservas, por lo que tras algunas vueltas la dictadura resolvió no cumplir con su palabra y sólo devolver los depósitos en pesos pero no los de dólares. Ello derivó en una gran corrida sobre los depósitos en dólares de todos los bancos -incluidos los oficiales- con lo que el sistema financiero, que se pensaba sanísimo y en el cual Martínez de Hoz confiaba centralmente como instrumento de crecimiento, sufriera una severísima crisis que fue el inicio del final de la dictadura, dado que el país nunca más se recuperó económicamente, teniendo que recurrir aquel régimen a la fatídica invasión de las Malvinas para ver si era posible recuperar algo de popularidad y poder así mantenerse.

Tras aquella serie de luctuosos episodios hilvanados unos con otros, costó muchos años que la confianza volviera a renacer como para que la población decidiera depositar sus dólares en los bancos. Durante el Gobierno de Alfonsín existía la figura jurídica de los depósitos en dólares pero muy pocos la usaban. Sin embargo, tras un muy mal año económico inicial, el Gobierno de Carlos Menem puso en práctica la convertibilidad. Su éxito inicial fue tan arrasador, y la confianza renació a tal punto, que una enorme cantidad de ahorristas decidieron depositar sus dólares en los bancos. En aquel momento se decidió que los encajes de éstos fueran muy bajos y que los bancos los pudieran prestar libremente. Muchos de esos créditos se concentraron en préstamos hipotecarios a diez años. La economía argentina se vio así poco a poco sumida en la dependencia de un mortífero narcótico. Veamos cómo fue: la clase media depositaba sus dólares, los bancos los prestaban a aspirantes a clase media que querían comprar su departamentito. Los vendedores de departamentitos o vendían esos dólares que cobraban para hacer transacciones o depositar pesos a altas tasas, o a su vez los volvían a colocar en los bancos. Los bancos recibían entonces esos mismos dólares que habían antes prestado y los volvían a prestar. Era así que un mismo dólar daba cinco veces la vuelta merced al llamado, en la jerga que usamos los economistas, “mecanismo multiplicador del dinero”. Como se puede fácilmente visualizar, ese mecanismo genera la ilusión de una abundancia ficticia del bien que se multiplica. Eso no suele ser un problema sin solución cuando lo que se multiplica es una moneda que en el país se imprime. Pero cuando se trata del dólar... las cosas son bien diferentes. Fue así que en las postrimerías de la convertibilidad, con ésta ya en decadencia y haciendo agua por todos lados, la clase media “se acordó” de que sus dólares dormían en los bancos. Pero dormir es un decir, porque esos dólares habían sido prestados, muchas veces a diez años, y además por cada dólar depositado había nada menos que cinco dueños. Fue así que todo el sistema financiero se fue a pique, y con él la propia convertibilidad. El final es conocido: “corralito” y caída de De la Rúa.

Corolario: en poco más de 35 años el sistema de depósitos en dólares fue un activo participante de la caída de tres gobiernos: Arturo Illia, la dictadura militar y De la Rúa. Cuando el ave Fénix renació de sus cenizas hubo que decidir qué hacer con los depósitos en dólares. Se optó por aplicar un híbrido que parecía infalible: que los encajes fueran muy altos, del 50%, y que el resto se prestara únicamente a negocios relacionados con la exportación. ¿Y cómo concluyó ese tema? Lo estamos viendo ahora, con los bancos desesperados por recuperar hasta el último centavo de los préstamos en dólares otorgados, las empresas relacionadas con la exportación súbitamente desfinanciadas, teniendo que ingeniárselas para devolver los dólares en un contexto en el cual desde el exterior no hay un solo dólar de crédito nuevo para nuestro sector privado, el cual debe devolver dólares a los bancos del exterior y a los bancos nacionales al mismo tiempo. Así dadas las cosas, más del 80% de todos los dólares depositados termina en las reservas del Banco Central, el cual, quiera o no, ahora debe soportar el coro orquestado libertario que lo acusa de usar los dólares de la gente. Palos porque bogas, palos porque no bogas. Señores: ya tenemos bastante de depósitos en dólares en el país. Ese sistema no sirve para nada. Lejos de ser una bendición es una gran maldición, es parte fundamental de nuestra ruina económica y una máquina formidable de triturar gobiernos. Es urgente que Alberto Fernández, cuando prepare un nuevo plan económico, prohíba totalmente a nuestros bancos captar depósitos en dólares. Y cuando un argentino pregunte. “¿Y qué hago entonces con mis dólares?”. La respuesta, firme, debe ser: “Si quiere tener dólares, guárdelos en su casa, en una caja de seguridad o deposítelos... pero en el exterior”. Y si el mismo argentino insiste porque- muy lógicamente- encuentra que las tres opciones son sumamente incómodas, costosas, o peligrosas, la respuesta debe ser: “¿No le gusta? Pues véndalos en el mercado libre (hoy el dólar MEP), y haga un depósito en pesos, señor”. Sólo así el sistema financiero podrá empezar a caminar su propio camino, y a convertirse, después de años, en un sistema financiero adulto. Como el de Estados Unidos, que por algo es lo que es. En Estados Unidos sólo se permite captar depósitos en dólares, y toda colocación en otra moneda se hace a través de banca offshore. Ningunos tontos: “¿Quiere dólares? Pase señor. ¿Quiere otra moneda?: Con gusto, se la deposito en Europa o en las Islas Vírgenes, aunque usted no lea la letra chica”. Terminemos, de una buena vez con esta máquina destructora de gobiernos que es el sistema de depósitos en dólares. Una gran maldición.

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Walter Graziano y Asociados

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