Un alza de precios, con racionalidad, se combate reduciendo la liquidez que aumenta la demanda. Por ejemplo, no aumentando el gasto estatal. El santacruceño actuó al revés, ya que lo elevó desde $ 69.553 a $ 89.206 millones el año pasado, casi 30% más. Además Kirchner no concibe la política -les sucede a los políticos sin carisma personal como Eduardo Duhalde, Leopoldo Moreau y el mismo Kirchner- sin «caja», o sea la posibilidad de gastar y subsidiar desde el Estado, nacional o provincial. En vísperas de la elección del 23 de octubre -que para colmo el propio Presidente la ubicó como el plebiscito de su gestión- no la imagina sin poder gastar desde el Estado, sobre todo porque necesita endulzar a gobernadores para que se plieguen a su nuevo proyecto: un frente con los justicialistas disponibles, los transversales aunque aporten poco, gobernadores radicales y el populismo clásico de este partido. ¿Cómo unir esta disparidad sin manejo discrecional de fondos desde el Estado nacional? Por eso la inflación lo enardece hoy al Presidente al trabar todos sus proyectos.
Un economista racional no insistiría en mantener un dólar alto (le conviene al gobierno para obtener elevados montos de retenciones para el Estado y favorecer su gasto político) en contra del mercado porque lo obliga a emitir moneda para adquirir oferta de dólares que no cesará mientras se mantenga activo el sector externo, más al continuar la baja mundial de soja por la sequía en Brasil.
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