El República, a manos de acreedores por la base

Economía

Hugo Taquini se extendió en elogios y descripciones del Edificio República, emblemática y bella construcción diseñada por César Pelli, y que salía a remate por segunda vez en una semana. Habló de su estructura, de su funcionalidad, de su valor de base (unos u$s 2.000 el metro cuadrado «de alfombra», contra los u$s 3.500 a que se cotizan en edificios de similar ubicación y categoría), de los detalles de construcción y equipamiento... Lo hizo durante casi un cuarto de hora antes de abrir la subasta. Fue en vano: la única oferta recibida fue la del fideicomiso conformado por los acreedores del ex Banco República, que se adjudicaron el predio por la base ante la ausencia de otras posturas.

El precio «virtual» que pagará el fideicomiso es, como se dijo, la base de u$s 56,25 millones que se había fijado para esta segunda instancia, luego de que la semana pasada fracasara un primer intento de remate con una base de u$s 75 millones. La sorpresa de los representantes del fideicomiso se les plantó en sus rostros: estaba claro que de ningún modo esperaban ganar por la base, y si bien no lo confesaron seguramente tenían mandato para «estirarse» varios millones más. No hizo falta.

  • Expectativa

    De no haberse producido la oferta del fideicomiso, la semana próximo el República habría salido a subasta sin base. Quizás haya sido esa la expectativa de los funcionarios de segunda línea que destinó IRSA al salón principal de la Corporación de Rematadores para asistir a la subasta.

    Era el único grupo más o menos serio que podría haber comprado el edificio; el resto de la audiencia estaba conformada por cientos de curiosos y algunas excentricidades como un supuesto grupo religioso cristiano de reciente celebridad literaria, otro pretendidamente árabe y un tercero («fondo de inversión» de EE.UU.) representado por un prestigioso estudio legal porteño. También, obviamente, había gente allegada al ex banquero Raúl Moneta siguiendo atentamente la breve operación.

    Aún cuando el remate en sí mismo fue un fracaso, la operación es la mayor de la historia en lo que hace a una subasta pública de un edificio. Dice Taquini en diálogo con este diario: «No hubo dinero involucrado en la operación, porque se trata de un canje: el fideicomiso entrega la hipoteca y a cambio recibe la escritura y la posesión del edificio. Pero además están exentos de oblar seña». El profesional admite que «esperábamos al menos alguna oferta; yo me jugaba a que se vendía en u$s 60 millones, pero se ve que hubo otras cuestiones que pesaron en los interesados al momento de pujar».

    Seguramente el martillero se refiere a la obligación que habría tenido un comprador que no fuera el fideicomiso de pagar al contado y en un plazo de cinco días hábiles el monto total de la compra.

  • Origen

    El remate se originó en la deuda que había contraído el República con el Banco Central por redescuentos otorgados por la autoridad monetaria al banco de Moneta.

    Posteriormente el Central recuperó esa deuda y quedó el edificio para satisfacer a los bancos extranjeros que mantenían acreencias con el República. Los acreedores que estaban en 1999, cuando se inició el proceso que llevó a la desaparición del República, ya no son los mismos y se habla de que el Grupo Macro podría ser uno de los principales tenedores de deuda del ex banco de Moneta.

    Originalmente el total de esas obligaciones se acercaba a los u$s 120 millones.

    La duda obvia es qué harán los compradores con el edificio. Se habla de que podrían fraccionarlo y venderlo por pisos o destinarlo a alquiler. Se sabe que hay un fuerte desabastecimiento en el mercado de oficinas «premium», renglón en el que prácticamente no se construye nada desde antes del fin de la convertibilidad. También se especula con que alguno de los supuestos interesados en comprarlo se acercarían al Comafie en los próximos días con una oferta cercana a los u$s 60 millones de los que hablaba Taquini. La razón: no quedar expuestos a la luz pública como adquirentes de un inmueble que se remata, y que tiene una larga historia de contenciosos entre su ex propietario y sus acreedores en especial con el BCRA.

    Sin embargo, cabe recordar que la primera gran operación inmobiliaria que hizo aparecer en los diarios a Eduardo Elsztain y Marcelo Mindlin (por entonces socios) fue la compra en subasta pública de lo que hoy es el Palacio Alcorta, en cuya planta baja funciona el Museo Renault, hace más de 13 años, y que por entonces se llamaba «Palacio Chrysler». Esta vez, otro contexto y otro país, eligieron no levantar la mano y quizás encarar la negociación de manera más recoleta y silenciosa. Aunque el resultado final podría ser el mismo.
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