4 de junio 2001 - 00:00

En Olivos prepararon la "estética" de la operación

El equipo más activo del gobierno se reunió ayer en Olivos para una especie de precalentamiento frente a las precisiones sobre el megacanje que anunciaría Domingo Cavallo. La residencia presidencial adoptó, como casi siempre, las reglas del «open house»: entra quien quiere. En este caso, «cayeron» por ahí Chrystian Colombo, Nicolás Gallo, Patricia Bullrich, Carlos Bastos y, un rato más tarde, Daniel Marx.

Fernando de la Rúa aclaró de entrada: «A las 7 me tengo que ir por un compromiso personal» (después se supo que iría a visitar a un amigo internado en la Clínica Otamendi). Fue también una excusa para no aparecer con un rol protagónico en la conferencia de prensa que más tarde ofrecerían, principalmente, Cavallo y Marx. Alrededor de la mesa de Olivos, mientras tanto, fueron y vinieron preguntas y respuestas sobre el canje y también un repaso sobre los nubarrones que, esta semana, podrían oscurecer el cielo de esa operación, al menos desde el punto de vista político.

El ministro de Economía consignó que la operación que tenía en vilo a todo el gobierno saldría, finalmente, con una tasa de rendimiento de 16% y con un volumen de 30.384 millones. «Aunque a valor de mercado, hay que calcular que son unos 24.000 millones», explicó Cavallo. Cuando alguien insinuó que, finalmente, se trataba de un negocio bastante caro para el país, él justificó: «No podemos pensar en esos términos, porque estamos evitando un mal intolerable que era el default». Después quiso ser alentador y recordó: «Esto nos despeja el horizonte hasta el año próximo, y vamos a evitar tener que aplicar u$s 7.800 millones al pago de la deuda. Los extranjeros jugaron bien, y el costo final no es tan dramático. Entre lo que recibimos y lo que damos habrá una brecha de u$s 2.000».

El resto de los ministros comenzó a pensar qué desafíos le aguardan esta semana, capaces de opacar lo que anoche se consideraba como una noticia pasablemente buena. Todos se inquietaron por la convulsión que afecta a Aerolíneas Argentinas, y la mesa quedó ensombrecida por la perspectiva de que la crisis de esa empresa termine echando abajo cualquier síntoma de optimismo. Colombo fue el más terminante en esa reunión: «Como gobierno, debemos adoptar una postura más dura, porque me parece que tanto los españoles como los gremios están jugando sus peores cargas con el supuesto de que, al final, saldremos a rescatar a la empresa. Habría que ser muy claro para que se sepa que si quiebra Aerolíneas no será por nuestra culpa, sino por irresponsabilidad de los dos sectores involucrados».

El otro fantasma que sobrevoló la mesa antes de que el megacanje hiciera su aparición televisiva fue el paro convocado para Hugo Moyano esta semana. «Tampoco ayuda», dijo Bullrich, aunque todos admitieron que la propuesta del camionero de no comprar productos españoles fue osada y preocupó a las empresas de ese origen.

Antes de salir hacia el encuentro con la prensa, se escucharon en la quinta de Olivos las mismas advertencias que, infructuosamente, se repetían cuando se concretó el blindaje: «No hay que extasiarse con esta operación, con la que solamente compramos tiempo a un costo bastante alto». La advertencia tenía sentido para funcionarios demasiado habituados a los sinsabores y las emergencias, es decir, gente capaz de embriagarse con una noticia que es, después de todo, gris.

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