Estanflación: ahora turno para Europa
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Jean-Claude Trichet
A pesar de este agravamiento de la situación macroeconómica, el BCE, conforme a su tradición, no modificó ni un ápice su política restrictiva. Es más, en su última reunión, realizada a comienzos de este mes -y por primera vez desde el inicio de la crisis-, incrementó su tasa de referencia en 25 puntos básicos, llevándola a 4,25%. La argumentación de la suba fue contundente:«Los niveles actuales de inflación de 4,0% continúan siendo inaceptables y, de no reducirse, impedirán el crecimiento sostenido de la economía en el mediano y largo plazo». Más claro.
Sin embargo, las cuestiones claves a dilucidar aquí son las siguientes. ¿Por qué mantener esta política estrictamente antiinflacionaria de suba de tasas si más de 50% del incremento de los precios internos se debe a la desmedida y ya mencionada suba de los precios de la energía y de los alimentos. ¿Por qué insistir en nuevas subas de tasas que, claramente, perjudicarían aún más el nivel de actividad, pero que -al menos en el corto plazo- no impactarían en modo alguno sobre dichos precios, hoy inmersos en un proceso de burbuja, generado por toma de posiciones financieras?
La respuesta puede encontrarseen las declaraciones oficiales del BCE: el objetivo de mantener la política monetaria restrictiva «a pesar de que ésta prácticamente no tiene impacto alguno en los precios de la energía y los alimentos, es evitar los efectos de segunda vuelta». ¿Cuáles son estos efectos? Lisa y llanamente, el eventual traslado de las subas «exógenas» de los valores mencionados en el párrafo anterior a los precios internos (incluidos los salarios), lo cual conduciría a una espiralización de la inflación. Si se comparte esta visión del problema se puede concluir entonces que la actual política restrictiva llevada a cabo por el BCE es adecuada.
Caso contrario -es decir, de no combatirse ya mismo los efectos de segunda vuelta-, la espiralización, que inevitablemente se produciría en el corto plazo, forzaría a posteriori la implementación de subas de tasas mucho mayores que las actuales, con todo lo que ello implicaría en menoscabo del nivel de actividad.
Sin embargo -y en forma independiente de que la política actual del BCE sea la correcta-, lo que debe quedar perfectamente claro es que para que ésta tenga éxito en lograr un escenario de «soft landing», es decir abatir primero la inflación y luego impulsar la actividad económica vía baja de tasas, será condición sine qua non que los precios de la energía y de los alimentos se encaucen y definitivamente confluyan hacia los valores indicados por los fundamentos de la oferta y la demanda (¿ petróleo a 90/100 dólares por barril?).
Caso contrario, o sea de persistir los incrementos exógenos tipo burbuja de dichos precios, de nada le habrá servido al BCE contener en esta etapa los efectos de segunda vuelta. Si éste fuera el escenario (por ejemplo, con un petróleo a 200 dólares), sin duda la inflación continuaría en ascenso, la presión de los efectos de segunda vuelta serían cada vez mayores y, entonces, el BCE -fiel a su mandato- no dudaría ni un instante en profundizar lo que fuera necesario la suba de tasas en detrimento del nivel de actividad: ¡la «estanflación» sería inevitable!
Se advierte, entonces, la crucial importancia que en la actualidad tiene la evolución del precio del petróleo y de los alimentos; en efecto, de él fundamentalmente depende cuál será la configuración del escenario macroeconómico de mediano plazo de la euroárea: nada menos que «estanflación» o «soft landing».




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