Falso dilema "productivista"
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• Desaliento
Este tipo de beneficio para los exportadores los induce a utilizar intensamente la capacidad productiva instalada, pero no los alienta a invertir y crear capacidad adicional, dado que no existen garantías de que los salarios en dólares puedan mantenerse tan bajos en el mediano plazo. Lo que sí es muy probable, como lo ha demostrado la experiencia desde que se introdujeron las retenciones a las exportaciones agropecuarias en los '50, es que los impuestos distorsivos van a tardar mucho más en desaparecer que los bajos salarios en dólares. Con lo que la economía del futuro promete acentuar, más que reducir, su sesgo antiexportador.
Algo parecido ocurrirá con las industrias que producen sustitutos de impostaciones. Al haberse reinstalado impuestos distorsivos por el lado de los insumos y la mano de obra, y ante la extrema dependencia de salarios en dólares muy bajos, no habrá inversión nueva. La producción aumentará sólo en la medida en que pueda aprovecharse la capacidad ya instalada y no se requiera mucho capital de trabajo. Además, la desaparición del crédito hará muy difícil financiar cualquier inversión significativa.
¿Si la política no es «productivista» desde el ángulo de la inversión y el aumento de la productividad, no lo es al menos desde el punto de vista de la reducción del endeudamiento y del costo de las empresas productivas? Si éste es el significado que se quiere dar al término «productivista», entonces la respuesta puede ser parcialmente afirmativa, pero al costo de generar estancamiento permanente. La pérdida sufrida por los ahorristas nacionales y extranjeros que colocaron sus fondos en la Argentina permitirá resolver el problema del endeudamiento de las empresas por una sola vez. Pero la desaparición del crédito significará un fenomenal aumento en el costo del capital para los futuros emprendimientos e, incluso, para hacer funcionar a las empresas que requieren mucho capital circulante. Esto acentuará el estancamiento de la economía argentina y no permitirá que las empresas se revaloricen, aun habiendo eliminado su endeudamiento pasado.
¿Cómo harán para convencer a la gente de que el «productivismo» devaluador de ahorros y salarios es mejor que el «neoliberalismo» de la convertibilidad? Seguramente, el gobierno de Duhalde confía en el apoyo de los medios. Es sorprendente ver cómo se destacan los síntomas reactivadores de las políticas «productivistas» y cómo se recalca que los salarios e ingresos de la convertibilidad eran una ilusión. Tan notable como el esfuerzo que hicieron durante los primeros días de diciembre de 2001 para describir el «corralito» como una expropiación de los ahorros y no como un proceso de bancarización de los pagos.
La información sobre los beneficios para la gente y para el fisco de la utilización de las tarjetas de débito y crédito llenó las páginas de los diarios del último domingo. Sin embargo, ninguno de los medios reconoce que la campaña contra el «corralito» de diciembre de 2001 sólo sirvió para que la gente no advirtiera que la bancarización forzada procuraba beneficiarla, y terminara empujando al poder a los que iban a crear el «corralón», aún vigente, para inaugurar la política que ahora denominan «producti-vista».




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