30 de diciembre 2003 - 00:00

Formas históricas de administrar el país

Juan Perón (1946-1955) inició la era de manejar la economía dándole rienda suelta a un empresario en los años '40, con Miguel Miranda. Terminó en un desastre, malgastando cuantiosas divisas acumuladas durante la Segunda Guerra Mundial y, con ello, condenando al país a perder la gran oportunidad de su desarrollo futuro cuando aún figuraba entre los 8 países económica y financieramente más ricos del mundo.

Luego Perón recurrió a técnicos (Antonio Cafiero, Alfredo Gómez Morales, Miguel Revestido, etcétera). Estos primero le alentaron también el pernicioso populismo. Cuando encaró una economía de avanzada, con convocatoria a capitales mundiales para el petróleo, fue derrocado. Le fue mal.

El presidente Arturo Frondizi (1958-1962) mezcló para gobernar numen propio ( Rogelio Frigerio) y partidarios, aunque terminó recurriendo a los economistas técnicos de alto vuelo y libreempresistas innovadores ( Alvaro Alsogaray, Roberto Alemann) y le fue bien, ya que logró uno de los mejores manejos administrativos del país en el siglo.

José María Guido
(1962-1963), en cambio, recurrió a los técnicos de alcurnia pero algo estancados en el mundo de la bonanza anterior a la crisis mundial de 1930 ( Federico Pinedo, José Martínez de Hoz).

Arturo Illia
(1963-1966) cayó en otra variante: todos hombres del partido radical con algunas designaciones de no economistas ni empresarios, como el caso de Juan Carlos Pugliese, ministro de Economía, o nacionalistas para volver atrás con los contratos petroleros privados, como Conrado Storani. La gestión fue extremadamente honrada y canceló deuda externa, pero estancó el país y hasta lo hizo retroceder.

• Otro empresario

El presidente de facto general Juan Carlos Onganía (1966-1970) centró su gobierno inicialmente también en un empresario grande ( Néstor Salimei, como Perón inicialmente con Miranda), de la hoy desaparecida empresa Sasetru. No le fue bien. Luego cayó en un economista técnico clásico, Adalbert Krieger Vasena, ubicado entre los estancados en el año '30, como Pinedo, y los modernos como Alemann y Alsogaray. La economía anduvo bien pero la derrapó la interna militar.

Los generales Marcelo Levingston y Alejandro Lanusse (1970-1973) se desenvolvieron sin ton ni son, yendo de Aldo Ferrer, desarrollista en base a estatismo, a Jorge Wehbe, un libreempresista demagógico.

Juan
e Isabel Perón (1973-1976) cayeron en una mezcla de populismo y dirigismo económico (precios máximos) pero trajeron por primera vez equipos provenientes de un agrupamiento preexistente, en este caso empresario con expertos en su seno, como fue la Confederación General Económica. Resultó ministro José Gelbard. Le fue mal porque, además, la muerte de Perón en 1974 le quitó sustento político.

El Proceso militar (1976-1983) volvió a la fórmula de los economistas libreempresistas del tipo del mundo anterior a la crisis del '30. Martínez de Hoz fue 5 años ministro de Economía y no gobernó con su equipo propio previo sino armado entre conocidos economistas libreempresistas. Actuaron regularmente, pero no produjeron medidas de fondo por caso para un Estado agrandado y probadamente perjudicial (al contrario, estatizaron la empresa Austral y la compañía Italo y nunca controlaron el déficit fiscal, tornando insípido en lo económico y con consecuencias terribles en derechos humanos 7 años de la vida del país). El final del gobierno militar volvió a ser un engendro en cuanto a conducción económica.

• Error reiterado

El gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) cayó en el mismo error en el manejo administrativo del país que el anterior gobierno radical de Illia. Usó sólo hombres del partido e insólitamente apareció como ministro de Economía Bernardo Grinspun. Osciló con Juan Vital Sourrouille, más técnico, y terminó agobiado con el viejo Juan Carlos Pugliese y Jesús Rodríguez. Lo hizo entonces mal y lanzó al país a dos hiperinflaciones.

El gobierno de
Carlos Menem (1989-1999) tuvo una etapa inicial breve similar a Frondizi, confiándose en empresarios exitosos (antes fue Sasetru y ahora Bunge y Born). Luego cambió a equipo de hombres amalgamados en centros de estudios (Fundación Mediterránea primero y CEMA después, Domingo Cavallo y Roque Fernández). Fue exitoso en cuanto a reducir el Estado, pero se desvirtuó cuando el propio Menem desde el gobierno nacional y sobre todo Eduardo Duhalde desde el bonaerense provocaron un descenso brusco de la economía como consecuencia de sus excesivas ambiciones políticas, que incrementaron el gasto sin haber reducido nunca el déficit fiscal.

• Arranque radical

Fernando de la Rúa (1999-2001) hizo las cosas mal. Arrancó como los otros gobiernos radicales de Illia y Alfonsín, con hombres «del partido» ( José Luis Machinea, Ricardo López Murphy). Luego derivó a equipos de fundaciones (la Mediterránea de Cavallo), pero habiendo surgido de una base política tan dispar como la izquierda con el Frepaso y la derecha con el ala libreempresista radical. Terminó mal porque, además, el primer magistrado no tenía autoridad para consolidar una base de sustentación.

Adolfo Rodríguez Saá
en una semana recurrió al sistema de los radicales, con «hombres del partido» (Rodolfo Frigeri, José María Vernet, Carlos Grosso) y provocó un deterioro mayor en un país que estaba ya en el peor estallido económico de su historia.

• Estilo novedoso

Eduardo Duhalde recurrió inicialmente a un estilo novedoso: se apoyó en los hombres que lo acompañaron en la gobernación provincial (Jorge Remes Lenicov), que hicieron una pésima pesificación asimétrica aunque la magnitud de la crisis no daba tiempo ni a pensar. El duhaldismo concentró la segunda etapa en formas populistas no bien meditadas en sus consecuencias (desvirtuación de los planes asistenciales en piqueteros) y recurrió a la forma de economista solitario, como Krieger Vassena en 1966. Aquí fue Roberto Lavagna, hábil para dilatar apremios aunque también muy buen controlador de los déficits fiscales. Este formó su equipo con designaciones curiosas.

Llegó luego
Néstor Kirchner con varias innovaciones originales respecto de los últimos 60 años de conducción administrativa del país. Por un lado, hizo continuar al preexistente Lavagna porque se proponía, al igual que su antecesor Duhalde, dilatar los pagos externos, y porque ese ministro le brindaba contactos internacionales (aunque no sea un funcionario querido en el exterior). Además, siendo él mismo casi un desconocido para el gran público, Lavagna le permitia, con su continuidad no alarmar con una incógnita gigantesca. Por el otro lado, el actual presidente utiliza en esta primera etapa una forma propia similar a la que usó Duhalde inicialmente y luego abandonó: traerse los equipos provinciales de sus años de actuación como gobernador, en éste de Santa Cruz. En el equipo de Planificación del ministro Julio De Vido centra la esperanza de progreso de su gobierno, mientras el de Lavagna hace «el aguante» de la presión mundial, tal su táctica.

El tercer elemento innovador que Kirchner agregó es su capacidad de trabajo simultáneo en varios frentes y una decisión final que encara personalmente en base a lo que sus «equipos» ministeriales le informan. Habrá que ver el resultado, que hoy es difícil de vislumbrar. No se sabe si la decisión final única del Presidente es mesiánica, suponiéndose dueño de la verdad infalible, o si es algo útil como saber apreciar como decisión última el punto de equilibrio entre las propuestas que le traen los ministros de los dos equipos actuantes que, a su vez, provienen de sus «propios equipos» individuales. Se sumaría a la forma de decidir el frecuente método de Kirchner de consultar -sin que nadie lo proteste como «puenteo»- con otros técnicos los mismos temas, por caso las reuniones con el titular del Banco Central
Alfonso Prat-Gay.

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