2 de junio 2008 - 00:00

Impulso a precios: habrá menos trigo, lácteos y carnes

Alfredo de Angeli
Alfredo de Angeli
«¿Para qué nos quitan si después nos quieren compensar?», preguntó hace unos días el dirigente entrerriano Alfredo de Angeli. El chacarero había sintetizado en una corta frase uno de los puntos más oscuros de la discusión del campo con el gobierno: que de los millonarios aportes que hace el interior vía retenciones, se le devuelve menos de 10%, y con cuentagotas. Los anuncios del jueves no modifican prácticamente en nada este panorama. El cansancio y el descreimiento después de tantas dilaciones, idas y vueltas, y promesas incumplidas, hacen el resto.

Hay cerca de 300.000 productores, más las agroindustrias, y hasta ahora se pagaron, en casi un año y medio, alrededor de 49.000 compensaciones, por $ 1.800 millones (unos u$s 580 millones), mientras las retenciones del año pasado, sólo en concepto de granos y subproductos, superaron los u$s 5.400 millones, y en esos rubros se espera un incremento de u$s 4.600 millones más para este año, según cálculos de Gustavo López, de Agritrend. Si se tiene en cuenta, además, que varias de ellas son repetidas, o sea que algunos cobraron más de una vez, y que las industrias más grandes y concentradas, naturalmente, reciben los mayores montos, entonces para los productores queda muy poco.

Concretamente, hasta ahora, no más de u$s 120-150 millones, un 2%-3% del ya magro total (considerando el monto de aportes), lo cual justifica ampliamente la queja de De Angeli y el malestar creciente del campo.

Pero no es lo único. Sólo el gobierno pretende simplificar la lectura de los hechos en apenas «la rentabilidad de ese yuyito (sic), la soja» y en las retenciones móviles. El tema es mucho más complejo, en lo sectorial y en lo político. El asunto ahora es federal.

Con cautela, comenzaron a reaccionar las provincias que están viendo estas cifras que salen de sus territorios, mientras reclaman por ventanilla la cada vez más esquiva coparticipación. Las restantes organizaciones empresarias comenzaron a sentir crujidos en sus bases, y cada vez les cuestan más las adhesiones públicas que les exige el gobierno. Es natural, en la UIA también están las metalmecánicas, las alimentarias, etc.; en los bancos muchas de las carteras son fuertemente de empresas del interior que dependen directa e indirectamente de la agroindustria, y hasta en la construcción incide este sector.

Ahora se nota. Cuando la cadena de pagos comienza a cortarse por todos lados. Cuando se paran las inversiones y hasta se deshacen negocios que ya estaban pactados. Ahora que cayeron más de 30% las liquidaciones de los exportadores de granos, y se compra y vende lo mínimo e imprescindible, lo que casi « congela» la economía del interior. Sólo en los negocios con granos las pérdidas ya se estiman en más de u$s 1.000 millones.

  • Pieza clave

    Aunque hoy se arreglara el conflicto entre el campo y el gobierno (lo que, según las primeras declaraciones, no ocurrirá), el daño está hecho, porque está rota la confianza, y ésta es una pieza clave para un sector empresario que habitualmente juega a la ruleta rusa con el clima y con los mercados internacionales, pero que parece ya no estar dispuesto a correr, también, el «riesgo funcionario».

    Se desarmaron planes de producción y muchos de los que se mantienen se harán con insumos mínimos. O sea, habrá que esperar menores resultados.

    Así, aun si el clima mejora, ya que hasta ahora no está ayudando demasiado, habrá que esperar menos leche, menos trigo y, probablemente, menos carne. Si el conflicto se prolonga, entrarán otros granos, frutas, etc. Y la culpa no es de la soja.

    Según APL (Asociación de Productores de Leche) quedan apenas 9.000 tambos, de los 16.000 que había en 2000, y este año volverían a bajar la producción a alrededor de 9.000 millones de litros, cuando a fines de los 90 se superaron los 10.400 millones.

    En trigo, la situación es similar; ya que hace tres campañas que el cultivo «no despega», mientras crece en casi todos los países productores del mundo. Ahora, con un desánimo cada vez mayor entre los productores, y casi sin tiempo para la siembra que se determina ya, según Gustavo López, el área de siembra volvería a caer. Con menos insumos y sin contar el efecto clima, habrá que esperar entonces menos que los 15 millones de toneladas oficiales de los últimos años.

    Con la producción de carne ocurre algo parecido. Por desánimo y por corrimiento de la actividad a zonas menos aptas. Eso, sumado a los problemas climáticos que determinaron menores pariciones, la muy alta faena de hembras de casi todo el último año y la casi falta de mercados, destrozados por las constantes intervenciones oficiales, aleja -salvo momentos puntuales de liquidación- la posibilidad siquiera de mantener los 3,4 millones de toneladas de carne de producción de los últimos años.

    Entonces, si lo que altera al gobierno es que se le escape la inflación, ¿qué puede suceder si tiene menos alimentos básicos como harina, leche o carne, que ahora?, ¿y si ese escenario se da a las puertas de una nueva elección como la de 2009? Básicamente por eso, el gobierno ya perdió en este conflicto, pero el país también.
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