Cuando el presidente Néstor Kirchner dice sobre el alemán Gerhard Schröder y el español José María Aznar, y un poco menos sobre el británico Tony Blair y el francés Jacques Chirac, «logré su apoyo», se refiere siempre a lo mismo: que lo ayuden ante el Fondo Monetario Internacional para firmar un acuerdo donde le exijan un superávit fiscal de 2,5% anual (8.000 millones de pesos) para afrontar pagos de la deuda externa con acreedores privados y postergar con los organismos multilaterales. Además, vía el FMI, le exigirán cambios «estructurales» duros de encarar. Roberto Lavagna propone 2,5% para estirarse a 3% de superávit. El Fondo pide 4,5% para bajar a 4% anual (Brasil, con sector financiero menos comprometido, está en 4,25%) porque considera que con menos de esa cifra (unos 5.000 millones de dólares por año) es imposible saldar las obligaciones externas de la Argentina. No es una puja menor, porque en ella va el mayor o menor esfuerzo que tendrán que hacer los argentinos, llámese «ajuste» o como sea. Kirchner, como cualquier político, pelea por el mínimo, porque eso hará más llevadera su gestión para la población y le da asentimiento y popularidad, al menos en el corto plazo. Lo mismo hizo Eduardo Duhalde. En esta nueva línea -llamada con picardía por los cordobeses «neopopulismo» en oposición al «neoliberalismo» con que se trata de desprestigiar la economía ortodoxa-, el exterior se ha cansado. Afuera quieren que la Argentina pague y ningún gobierno concederá más de lo que ya dio al país mientras no sean satisfechas las demandas de inversores privados, aunque los organismos internacionales puedan cobrar a más largo plazo. El político trata de postergar, de pagar poco, de salvar su gestión por no exigir esfuerzos. El estadista afrontaría esos esfuerzos con riesgo de perder popularidad, como parece empezar a ocurrir con Lula Da Silva en Brasil. En realidad, el gesto de pedir esfuerzos convierte al buen gobernante en estadista cuando logra cumplir esas obligaciones de pago del país pero, además, crea formas nuevas de hacer crecer la economía para la mejora social y el progreso nacional. Esto es lo principal que Kirchner aún no ha definido: si tiene planes para proyectarse a estadista, si sólo será buen gobernante limitándose a cumplir los pagos con dureza para la población o si será otro «neopopulista», que postergará todo con indefiniciones constantes cuando ya no hay margen y la Argentina podría quedar marginada del mundo y, además, embargada. Ningún mandatario extranjero, tampoco George W. Bush, le dirá que no lo apoya, pero observará hacia dónde se encamina. Si empieza a cumplir las obligaciones, lo ayudarán. Si le ven quedantismo e intento demagógico, terminarán aislándolo, más tarde o más temprano. En Estados Unidos le ofrecerán alternativas, le exigirán definiciones sobre cooperación contra el terrorismo, contra el narcotráfico. Lo analizarán. Ojalá el Presidente aproveche la oportunidad. En Europa le ha ido mal. Es de esperar que en Estados Unidos no.
El secretario de Estado, Colin Powell, recibió ayer las cartas credenciales del embajador José Octavio Bordón.
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Los voceros del gobierno dijeron anoche que el presidente dialogará con Bush sobre diversos aspectos relacionados con el proceso de negociación entre el Mercosur y el ALCA y respecto de las posibilidades de concretar un rápido acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), a la vez que ambos mandatarios rechazarán expresamente toda forma de terrorismo.
El Presidente partirá a las 10 de mañana desde el Aeroparque Metropolitano, a bordo del Tango 01, y su llegada a la base Andrews, en Washington, está prevista para las 21 (hora de EE.UU.). Desde allí, se trasladará a la residencia del embajador argentino José Bordón.
La actividad de Kirchner comenzará mañana con un recorrido por los principales monumentos de la ciudad. A las 14, se dirigirá a la Casa Blanca, donde 15 minutos después será recibido durante media hora por Bush en el Salón Oval.
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