Köhler: el crecimiento no pasa por el populismo
-
J.P. Morgan se politiza más y pide un EEUU fortalecido económica y militarmente
-
Inflación global: el 34% de las grandes empresas ya traslada la mayor parte de los costos a los consumidores
Periodista: En agosto, 2001, el FMI estuvo de acuerdo con prestar 8 mil millones de dólares suplementarios a la Argentina. En diciembre, le quitó su apoyo. ¿Qué pasó en tres meses? ¿Quién explica esta media vuelta?
Horst Köhler: Pensamos que mientras el objetivo de los líderes argentinos era alcanzar el déficit cero, había una chance de que fueran atendidos. Nosotros no habíamos impuesto este acercamiento y ellos no nos consultaron. El gobierno argentino había decidido atacar la deteriorada situación fiscal. El señor De la Rúa hizo del pago de la deuda una cuestión de honor nacional, y la existencia del plan de convertibilidad exigió una política fiscal sólida.
P.: ¿Era este comportamiento una novedad para usted?
H.K.: No totalmente. Reconozco que el Fondo tendría que haber estado más atento a la solidez de las instituciones de la Argentina y a sus valores sociales. La ruptura de la situación económica y social es la última etapa de un declive que ha comenzado hace decenios y que afecta al conjunto de la sociedad. Nuestro error es no haber dicho suficientes veces y de forma firme a finales de los años '90 que la desintegración de las instituciones tendría un costo elevado. No prestamos suficiente atención a la política del ex presidente Carlos Menem. Advertimos que la Ley de Convertibilidad debería venir acompañada de una política fiscal sana, pero no lo hicimos con la suficiente fuerza. Compartimos este fracaso con la comunidad internacional entera.
P.: ¿Era el momento para quitar su apoyo?
H.K.: Los estatutos del Fondo prohíben desembolsar dinero si considera que las políticas vigentes son insuficiente para superar los problemas y permitir al país pagar las deudas. Si nosotros hubiéramos seguido dando dinero, sólo habríamos retrasado el momento en que la Argentina debía afrontar la realidad de frente. Ningún poder en el mundo habría sido capaz de evitar esta situación. Cuando en agosto de 2001 pregunté a los accionistas del Fondo si ellos estaban listos para llevar adelante un plan bilateral y aportar varios miles de millones de dólares (30 o 40), para lograr un aterrizaje suave de la economía argentina, ninguno se manifestó.
P.: ¿No teme una radicalización de la Argentina?
H.K.: Hay un riesgo que espero que no se concrete.
P.: ¿Haría lo mismo hoy, si hubiera conocido las consecuencias de sus decisiones?
H.K.: Sí, porque las raíces del mal se encuentran en la Argentina y si los argentinos no se reúnen para ayudarse entre sí, el Fondo no puede hacerlo por ellos. El FMI no es una institución que funciona como una fábrica de billetes para resolver los problemas. Tampoco tiene el poder como para tomar iniciativas políticas. Debe concentrarse en las condiciones económicas, y éstas se agravarían si demoramos más en tomar una decisión. A la inversa, si nosotros hubiéramos interrumpido nuestro apoyo financiero en agosto de 2001, el shock hubiera sido mucho más duro. En ese momento el Fondo fue mucho más allá de lo posible para darle tiempo a la Argentina de revisar su estrategia. Los dirigentes saben ahora que deben cambiar el régimen cambiario y reestructurar su deuda.
H.K.: Los colaboradores del Fondo alertaron, pero no tuvo efecto. Había tal euforia alrededor del éxito del presidente Menem que nuestras advertencias fueron ignoradas. La Argentina en aquel momento no pidió dinero al Fondo.
P.: Carlos Menem se fue del poder hace poco más de dos años...
H.K.: De acuerdo, pero déjenos observar esto: en 1999, Fernando de la Rúa fue elegido presidente. No era tal vez un líder muy poderoso, pero era un político decente, honorable. ¿Qué le sucedió? Se concentró en el corazón del problema, el dispendio fiscal. Pero no era bastante fuerte políticamente, como para ser obedecido por los poderes provinciales. Finalmente, las dificultades de la Argentina se agravaron por el desaceleramiento de la economía mundial y el vigor del dólar. Además, los europeos, con el mantenimiento de su viejo sistema de subsidios agrícolas, no están afuera de los reproches.
P.: El FMI indicó que está listo para ayudar a la Argentina. ¿Qué condiciones impuso?
H.K.: Jamás cortamos los puentes con los argentinos. Nosotros les ofrecimos nuestra asistencia técnica. Es legítimo que los argentinos se tomen los tiempos necesarios para definir una estrategia que sea durable. El FMI está listo para sostener este acercamiento, actuar sobre el plano financiero, pero hay que ser claros: el camino al crecimiento no pasa por el populismo; es un camino doloroso. El presidente Duhalde es consciente de estos problemas, y nosotros tenemos que otorgarle el beneficio de la duda. Las consecuencias sociales deberán ser particularmente tenidas en cuenta. Pero hay que ser sincero: no hay salida sin sufrimiento. Yo espero que el presidente Duhalde pueda organizar un reparto justo de los sacrificios entre los argentinos, los titulares de las cuentas y los bancos. Sí llega allí, soy optimista sobre la Argentina. Es un país que tiene todavía un gran potencial. ¿Por qué esta crisis no puede ser el punto de partida para una cooperación económica y monetaria más estrecha entre los países de la región?




Dejá tu comentario