23 de enero 2002 - 00:00

Köhler: el crecimiento no pasa por el populismo

Köhler: el crecimiento no pasa por el populismo
Horst Köhler, el titular del FMI, dijo que a Eduardo Duhalde le da el «beneficio de la duda», pero que no debe tentarse con el «populismo» para superar la crisis. El funcionario habló en un lenguaje más directo de lo que se acostumbra en el FMI. Cree que los argentinos van a sufrir más para superar esta situación y que hay que repartir los costos equitativamente. Culpó a Carlos Menem por tener convertibilidad con un alto nivel de gastos. A De la Rúa le criticó su debilidad política. En la entrevista al diario francés «Le Monde», Köhler dijo que ahora los argentinos entendieron que hay que salir de la convertibilidad y reestructurar la deuda. Reveló que en agosto consultó al directorio del FMI a ver si estaban dispuestos a darle a la Argentina entre 30 mil y 40 mil millones de dólares. Nadie contestó.

Esta es la entrevista de Köhler con el matutino francés:

Periodista: En agosto, 2001, el FMI estuvo de acuerdo con prestar 8 mil millones de dólares suplementarios a la Argentina. En diciembre, le quitó su apoyo. ¿Qué pasó en tres meses? ¿Quién explica esta media vuelta?


Horst Köhler:
Pensamos que mientras el objetivo de los líderes argentinos era alcanzar el déficit cero, había una chance de que fueran atendidos. Nosotros no habíamos impuesto este acercamiento y ellos no nos consultaron. El gobierno argentino había decidido atacar la deteriorada situación fiscal. El señor De la Rúa hizo del pago de la deuda una cuestión de honor nacional, y la existencia del plan de convertibilidad exigió una política fiscal sólida.

El ministro de Economía, Domingo Cavallo, insistió en el mantenimiento de la paridad 1 dólar = 1 peso. Para él -y este punto de vista ha sido compartido por todos los segmentos de la sociedad-, este anclaje era indispensable para la estabilidad económica y política de la Argentina. Las consecuencias sociales de este déficit cero nos preocuparon, pero en agosto de 2001, debimos ayudar a la Argentina porque inmediatamente nos habrían culpado de impedir que ese país resuelva sus problemas.

Entonces, en setiembre, octubre, noviembre, se hizo evidente que la Argentina no cumpliría el déficit cero. Se vio claramente que no había ninguna cohesión política, no sólo entre los partidos, sino también dentro de los partidos y que las diferencias no ayudaban a la búsqueda de soluciones alternativas. Era evidente la lucha por el poder para suceder al presidente De la Rúa.

P.: ¿Era este comportamiento una novedad para usted?


H.K.:
No totalmente. Reconozco que el Fondo tendría que haber estado más atento a la solidez de las instituciones de la Argentina y a sus valores sociales. La ruptura de la situación económica y social es la última etapa de un declive que ha comenzado hace decenios y que afecta al conjunto de la sociedad. Nuestro error es no haber dicho suficientes veces y de forma firme a finales de los años '90 que la desintegración de las instituciones tendría un costo elevado. No prestamos suficiente atención a la política del ex presidente Carlos Menem. Advertimos que la Ley de Convertibilidad debería venir acompañada de una política fiscal sana, pero no lo hicimos con la suficiente fuerza. Compartimos este fracaso con la comunidad internacional entera.

P.: ¿Era el momento para quitar su apoyo?


H.K.:
Los estatutos del Fondo prohíben desembolsar dinero si considera que las políticas vigentes son insuficiente para superar los problemas y permitir al país pagar las deudas. Si nosotros hubiéramos seguido dando dinero, sólo habríamos retrasado el momento en que la Argentina debía afrontar la realidad de frente. Ningún poder en el mundo habría sido capaz de evitar esta situación. Cuando en agosto de 2001 pregunté a los accionistas del Fondo si ellos estaban listos para llevar adelante un plan bilateral y aportar varios miles de millones de dólares (30 o 40), para lograr un aterrizaje suave de la economía argentina, ninguno se manifestó.

P.: ¿No teme una radicalización de la Argentina?


H.K.:
Hay un riesgo que espero que no se concrete.

P.: ¿Haría lo mismo hoy, si hubiera conocido las consecuencias de sus decisiones?


H.K.:
Sí, porque las raíces del mal se encuentran en la Argentina y si los argentinos no se reúnen para ayudarse entre sí, el Fondo no puede hacerlo por ellos. El FMI no es una institución que funciona como una fábrica de billetes para resolver los problemas. Tampoco tiene el poder como para tomar iniciativas políticas. Debe concentrarse en las condiciones económicas, y éstas se agravarían si demoramos más en tomar una decisión. A la inversa, si nosotros hubiéramos interrumpido nuestro apoyo financiero en agosto de 2001, el shock hubiera sido mucho más duro. En ese momento el Fondo fue mucho más allá de lo posible para darle tiempo a la Argentina de revisar su estrategia. Los dirigentes saben ahora que deben cambiar el régimen cambiario y reestructurar su deuda.

• Euforia

P.: ¿Por qué el Fondo no advirtió a los argentinos -y a la comunidad internacional- sobre el hecho de que su deuda creció demasiado rápido y fuerte?

H.K.:
Los colaboradores del Fondo alertaron, pero no tuvo efecto. Había tal euforia alrededor del éxito del presidente Menem que nuestras advertencias fueron ignoradas. La Argentina en aquel momento no pidió dinero al Fondo.

P.: Carlos Menem se fue del poder hace poco más de dos años...


H.K.:
De acuerdo, pero déjenos observar esto: en 1999, Fernando de la Rúa fue elegido presidente. No era tal vez un líder muy poderoso, pero era un político decente, honorable. ¿Qué le sucedió? Se concentró en el corazón del problema, el dispendio fiscal. Pero no era bastante fuerte políticamente, como para ser obedecido por los poderes provinciales. Finalmente, las dificultades de la Argentina se agravaron por el desaceleramiento de la economía mundial y el vigor del dólar. Además, los europeos, con el mantenimiento de su viejo sistema de subsidios agrícolas, no están afuera de los reproches.

P.: El FMI indicó que está listo para ayudar a la Argentina. ¿Qué condiciones impuso?


H.K.:
Jamás cortamos los puentes con los argentinos. Nosotros les ofrecimos nuestra asistencia técnica. Es legítimo que los argentinos se tomen los tiempos necesarios para definir una estrategia que sea durable. El FMI está listo para sostener este acercamiento, actuar sobre el plano financiero, pero hay que ser claros: el camino al crecimiento no pasa por el populismo; es un camino doloroso. El presidente Duhalde es consciente de estos problemas, y nosotros tenemos que otorgarle el beneficio de la duda. Las consecuencias sociales deberán ser particularmente tenidas en cuenta. Pero hay que ser sincero: no hay salida sin sufrimiento. Yo espero que el presidente Duhalde pueda organizar un reparto justo de los sacrificios entre los argentinos, los titulares de las cuentas y los bancos. Sí llega allí, soy optimista sobre la Argentina. Es un país que tiene todavía un gran potencial. ¿Por qué esta crisis no puede ser el punto de partida para una cooperación económica y monetaria más estrecha entre los países de la región?

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