Si algo podía suceder para que la Bolsa les recordara a sus intervinientes que son mortales y que no les está dado poseerla a gusto y placer, siempre, la rueda que sirvió de clausura al excelente resultado de octubre resultó el suceso apropiado. Porque, cuando tal vez era dable esperar un broche a toda orquesta, un remate que fuera continuación de las dos fechas previas -pospesificación-, ese viernes 29 se mostró totalmente independiente de lo anterior. Y deparó un volumen bastante similar al pálido inicio de mes, llamando la atención un recorte de negocios que llevó las cifras a la mitad del jueves. Acaso, por ser viernes 29 de octubre, coincidencia plena para recordar el triste «viernes negro», de la Wall Street de 1929.
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Se venía de un setiembre brillante; sobre tal construcción, se fue armando un primer piso de octubre, que arrojó casi 13% de utilidad en el Merval. En el índice, también era presumible que se afirmaría arriba de 1.300 puntos. No fue. El cierre del viernes fue de 1.287 puntos, tras surcar por mínimos de 1.268 puntos. Quedando una jornada desechable, para la imagen y la estadística. Ese «apagón» de las lamparitas, que habían estallado de tensión dos días antes, no dejó de generar cierta decepción y fue -ya yendo a una metáfora- como el clamor de la madre Bolsa, para recordar a todos que con ella no se juega. Y que no todo con ella es juego: también puede llegar una oportuna bofetada, de atención.
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