Las señales de alerta que Macri no supo ni quiso comprender...

Economía

Si hacía falta confirmación de las responsabilidades compartidas entre el gobierno macrista y el propio Fondo, ahí están las luces de alerta que la Auditoría General de la Nación le dedicaba desde 2016 al expresidente sobre el crecimiento del endeudamiento externo, el destino especulativo de esos fondos que Ámbito revela hoy en de manera exclusiva.

La verdadera deuda es con los argentinos, aquellos que están por debajo de la línea de pobreza y el FMI lo sabe. Lo sabe, pero eso no significa que esté dispuesto a aceptarlo. Mucho menos, que esa ostensible verdad modele sus próximos pasos con la Argentina. Si hacía falta confirmación de las responsabilidades compartidas entre el gobierno macrista y el propio Fondo, ahí están las luces de alerta que la Auditoría General de la Nación (AGN) le dedicaba desde 2016 al ex presidente Mauricio Macri sobre el crecimiento del endeudamiento externo, el destino especulativo de esos fondos que Ámbito revela hoy en de manera exclusiva.

Esa evidencia se suma a mucha otra, donde lo más relevante es que no sólo se acumulaba deuda con los mercados internacionales y, posteriormente con el FMI (que vino a financiar la etapa final de la fuga de capitales), sino que, en gran medida, la deuda más importante se iba sedimentando con amplios sectores de la sociedad. La apertura indiscriminada de la economía, la libre entrada y salida de capitales y la preeminencia de la especulación financiera impulsada por las altas tasas de interés en pesos no sólo generaban un déficit cambiario que se compensaba tomando deuda externa, sino también generaban un déficit en la calidad de vida de millones de personas.

Es bueno recordarlo ahora que el FMI comienza a ejecutar sus torniquetes invisibles. “No venimos con la idea de ajustar más el gasto”, declaró hace unos meses la máxima titular del FMI, Kristalina Georgieva. Acostumbrada a ser destacada como la contracara de su predecesora por su supuesta sensibilidad social, la ejecutiva ha sido una de las más interesadas en dejar en claro que, siempre hablando en términos genéricos, un aumento del gasto público, en este contexto pandémico, podría ayudar, si, a reactivar la actividad económica tras el derrumbe de la economía mundial, lo que redundaría en la creación de millones de puestos de trabajo.

Hay más. En distintos documentos, la ecuación del FMI dice que un aumento de la inversión pública en salud, vivienda social, digitalización y protección medioambiental que ascienda al 1 por ciento del PBI debería impulsar un salto en la actividad de un 2,7 por ciento. Pero la pregunta que subyace es mucho más peregrina. ¿El FMI piensa lo mismo para sus países acreedores? Una rápida mirada retrospectiva muestra que, para la Argentina, el Fondo siempre utilizó sus créditos al país para “proteger” las inversiones realizadas por fondos del exterior, no para construir una salida igualitaria. En rigor, el FMI siempre fue una especie de garante de última instancia.

En el caso de la etapa macrista, el FMI vino a servir de garante para el repago de las deudas que el Gobierno había acumulado en los mercados con su nefasta política económica y no podía cancelar con los fondos de inversión que habían dejado sus dólares para aprovechar las altísimas tasas de interés en pesos. Pero si se lo mira mejor, en sus más de 20 acuerdos con el país, el organismo siempre privilegió no sólo la garantía de las inversiones realizadas, sino también el posterior repago de la deuda. Fue el FMI el artífice de cuestiones tan polémicas y dañinas como las privatizaciones de 1992, la privatización del sistema jubilatorio, la modificación de la legislación laboral. También, volviendo al presente, de otorgarle a la Argentina un préstamo que fue 11 veces el monto de la cuota que tiene el país en el Fondo, lo que podría arrojar una sencilla conclusión: importaba más “salvar” y repagar las inversiones financieras desmedidas que irresponsablemente el macrismo había generado con su política de endeudamiento, (más de 120.000 millones de dólares en bonos), que el daño que se le haría en forma ulterior, a un país condenado a pagar esa deuda en plazos insólitos.

¿Cambió ahora el FMI? Por supuesto que no. Podría pensarse en algunas cuestiones cosméticas, para reacomodarse al peso cada vez más importante de China. Pero para entender que nada es nuevo, puede mirarse a Brasil, donde en numerosas oportunidades han aplaudido el ajuste realizado por Jair Bolsonaro. O también a Ecuador, país con el que el FMI tiene un acuerdo de facilidades extendidas por u$s 6500 millones, pero donde la novedad de las últimas horas es una nueva ley que enarbola la autonomía del banco central y sólo lo autoriza a utilizar sus reservas para cumplir con el acuerdo que mantiene con el organismo.

Dejá tu comentario