17 de diciembre 2018 - 00:01

De "pobreza cero" a "déficit fiscal (primario) cero"

Lo que fue una ventaja para Cambiemos no lo será para el próximo gobierno. El mayor endeudamiento impone serias restricciones y desafíos. Pero se pueden hacer las cosas mejor, pero con una visión de futuro para todos.

Para Marco Lavagna, la brecha cambiaria se debe a que el Gobierno empieza a poner más restricciones.
Para Marco Lavagna, la brecha cambiaria se debe a que "el Gobierno empieza a poner más restricciones".
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Entramos en el último año del ciclo presidencial. ¿Cómo será el país que encontrará el próximo presidente? No importa el signo político del que sea, esta pregunta nos obliga a reflexionar acerca de cuál será la “herencia” que reciba el próximo gobierno. Y lamentablemente no se pueden dar buenas noticias. El 2020 nos encontrará con menores márgenes de maniobra para la toma de decisiones, con los instrumentos de política económica más acotados y restringidos, con problemas de sustentabilidad, y principalmente con una economía que hace más de 8 años no invita a generar puestos de trabajo ni a revertir el deterioro social que arrastramos hace ya mucho tiempo.

Podríamos tomar el presupuesto recién aprobado como el mejor escenario que imagina el Gobierno para 2019, y tendríamos entonces una caída interanual del PBI del 0,5%, que a su vez vendrá de una caída del 2,4% de 2018. Es decir, los cuatro años de Gobierno habrán arrojado tres años de caída de la actividad frente a uno de crecimiento moderado, 2017. No sólo habremos continuado con la “maldición de los años pares”, sino que también habremos roto el crecimiento “típico” de los años electorales.

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La cosecha

En este escenario se espera que se registre a partir del segundo o tercer trimestre un repunte de la actividad, motorizado por la cosecha agrícola y una apreciación del tipo de cambio que, sumado a la política monetaria restrictiva, ayudaría para comenzar a moderar la inflación, aunque sólo para volverla a la “velocidad crucero” de la última década, del 25% promedio anual.

Asimismo, este repunte de la actividad sería dispar, concentrado en pocos sectores, con baja generación de puestos de trabajo y escasa recuperación del poder de compra del salario. En otras palabras, una economía para pocos.

Los pocos indicadores positivos se producirán por “efectos estadísticos”, por la recuperación tras el fuerte retroceso sufrido en 2018, más que por una economía en genuino proceso de expansión. Esto seguramente le sirva al Gobierno para construir nuevamente el relato de los nuevos “brotes verdes” en el medio de la campaña electoral. Sin embargo, difícilmente la recuperación se sienta en el día a día; todo lo contrario, será un año donde los presupuestos de las familias continuarán sufriendo la presión de los precios: el consumo y, consecuentemente, la inversión registrarán importantes retrocesos.

Es decir, cuando veamos el resultado agregado (2015-2019) del ciclo presidencial, nuestra economía habrá caído 2%, y casi 6% si tomamos el ingreso por habitante, producto de una contracción del consumo (-2,7%) y también de la inversión (-3,8%), esta última la que se suponía iba a ser el motor de crecimiento del nuevo esquema económico impulsado a partir del cambio de gobierno de diciembre de 2015.

La “mejora” del resultado fiscal se habrá conseguido, en buena medida, por la reducción de los subsidios económicos, en gastos de capital y en los gastos operativos, a lo que se sumó el abandono de la agenda de reducción impositiva (la presión tributaria no habrá disminuido en 2016-2019).

La contracara de ello, fue la aceleración de la inflación, y el golpe sobre el bolsillo de la gente. Los precios aumentarían alrededor de 220% entre 2016 y 2019 (contra 185% en el período 2012-2015), mientras que los salarios, incluso suponiendo para el próximo año una recuperación del poder de compra del 10%, crecerían nominalmente menos de 180% en esos mismos años: 12% sería la pérdida del salario de los trabajadores formales, a precios constantes.

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Sector externo

La fuerte suba del dólar (+300% desde que asumió el Gobierno hasta el fin de su gestión) fue también la causa de la aceleración de la inflación. Con lo cual, podría pensarse que la pérdida del poder de compra fue a “costa” de la mejora del sector externo. Es cierto que el próximo año nuestro país volvería a tener saldo positivo en el intercambio de bienes. Sin embargo, la cuenta corriente –que incluye otras rentas además del resultado comercial- continuaría siendo deficitaria, por el equivalente a 2,2% del PBI. Pese a la devaluación, la dependencia de divisas del exterior no estaría resuelta.

Así como las variables reales se contraen (el consumo, la inversión, el salario, la producción, etc.), los indicadores financieros crecen. Por ejemplo, los intereses pasaron de representar 1,3% del PBI en 2015, a 3,2% que finalizarían en 2019; es decir que de representar 7% de los ingresos tributarios del Estado, el próximo año llegarían a equivaler el 18% de los mismos.

De manera análoga, el Gobierno inició su gestión con un stock de deuda equivalente al 50% del PBI, y lo cerraría por encima del 75%. La próxima administración recibirá la “pesada herencia” de la deuda: entre 2020 y 2023 deberemos pagar cerca de u$s35.000 millones por los compromisos asumidos. Solo en 2020, el próximo gobierno deberá salir a buscar más de 25 mil millones de dólares a los mercados. Sumado a esto, los fuertes vencimientos del 2021 serán un gran condicionante.

No soy de los que agitan el miedo de que Argentina no cumpla con sus deudas, pero sí hay que tener en claro que el manejo que haga la próxima administración en relación con la deuda será un tema de agenda permanente. Por este y otros motivos, considero que será necesario sentarse nuevamente con el FMI y rediscutir el “programa”.

Esto surge del escenario que plantea el propio presupuesto nacional, y de estos mismos números surge que recién en 2022 volveríamos a recuperar el nivel de producción del 2015; es decir que tendremos que esperar tres años más para volver al punto del que partió el Gobierno actual.

Los riesgos del esquema económico actual han quedado en evidencia, y exponen a la Argentina a nuevas crisis, que podrían desencadenarse como resultado de una nueva suba de las tasas de interés de Estados Unidos, una caída en los precios de los productos agrícolas, una suba del precio del petróleo, una recesión mundial, condiciones climáticas desfavorables que afecten a nuestro campo, o simplemente por algún hecho que genere una nueva desconfianza y corrida al dólar.

Nuevo esquema

Está claro que cada vez estamos más sumergidos en un esquema dependiente de los capitales financieros. En la medida en que no se pongan los incentivos en la producción y el trabajo, y logremos una economía que crezca a un ritmo mayor y no en pocos sectores, cada vez se necesitaría más deuda para pagar la propia deuda, retroalimentando el círculo vicioso: más ajuste, menor crecimiento económico, menos ingresos propios, mayor necesidad de ayuda externa, etc.

El próximo gobierno deberá afrontar estas restricciones y diagramar otro escenario que no nos lleve nuevamente a cometer los mismos errores del pasado, para lo cual resultará necesario cambiar la lógica del esquema económico. Como ya he escrito reiteradamente en otras oportunidades, la apuesta debe ser a la producción y el trabajo, afrontando la corrección de los desequilibrios macroeconómicos que permitan un crecimiento sustentable, pero también poniendo particular foco en la deuda interna, que es el deterioro social.

Si tuviéramos que reducir en una palabra el sentimiento que atraviesa a gran parte de los argentinos hoy sería “desilusión”. La distancia entre lo que la sociedad esperaba de este Gobierno y lo que finalmente resultará es tan grande, que es normal que mucha gente se quiera aferrar a la idea de que no hay alternativa, o que se escuchen frases como “es esto o volver atrás”. Esto también será un gran desafío para la próxima administración, recobrar la confianza de una argentina descreída y cansada de vivir una y otra vez los mismos calvarios

No debemos caer en la resignación de que “esto es lo que nos toca”, hay alternativas y las cosas se pueden hacer mejor, con una visión de futuro que les llegue a todos los argentinos y no a unos pocos.

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