ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

17 de julio 2006 - 00:00

Prensa local admite que al menos con Chile tiene razón la Argentina

ver más
José Pekerman
Juan Perón, excepcional orador y creador de giros idiomáticos permanentes en política, solía llamar cipayos a los criollos que operaban para extranjeros. En México se los llama Malinche, recordando a la mujer nativa que fue entregada como esclava al conquistador español Hernán Cortés y, al dominar ambos idiomas, ayudó a subyugar a su pueblo, a sus connacionales de la misma sangre. Por lo menos dos diarios este fin de semana parcialmente dejaron de ser cipayos en el lenguaje de Perón, Malinches en el de México o Judas o Marco Bruto en cualquier lengua universal: reconocieron que si Bolivia aumenta el precio del gas que vende a la Argentina, ésta tiene el derecho -se diría hasta la obligación ante la sociedad local- de aumentárselo a Chile, al que se lo traspasa simplemente porque el país trasandino no puede comprárselo directo a Bolivia por no mantener relaciones diplomáticas a raíz de que en la Guerra del Pacífico (1879-1884) el país del altiplano perdió su salida al mar en distribución de tierras en favor de Chile, aunque ello se concretaría en 1904.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Se hace circular la cifra -posible pero para este diario no constatable- aún de que la Argentina subvencionó al espectacular desarrollo de la economía chilena en 12.000 millones de dólares desde que el ex presidente chileno Patricio Aylwin convenció -por simple simpatía porque nunca mediaron tratados ratificados por Parlamento- al ex presidente Carlos Menem de que le proveyera a mediados de los años 90 abundantes y crecientes cifras de gas al vecino país. En lugar de tanto insípido juicio al ex presidente Menem por «cuenta suiza» (admitida y hasta justificada en su monto por una indemnización que el propio Estado argentino le pagó por el récord de años de prisión en la historia nacional que le aplicó por causas políticas) o «venta de armas» a Ecuador (algo que inventó «Clarín» como si algún gobernante o país pudiera modernamente saber el destino final de tales cargamentos bélicos una vez salidos del puerto de embarque) se le debería reprochar moralmente al riojano esa preferencia costosa hacia Chile.

El vecino país tiene una calidad de dirigentes políticos y una habilidad en el manejo de su economía -aunque haya brotado en la dictadura de Augusto Pinochet- como para merecer todos los méritos de su muy buen desarrollo actual. Pero no puede negarse que a eso colaboró mucho recibir gas subsidiado de un país que lo posee pero apenas para abastecerse, no para exportarlo, como es la Argentina que ahora corre el riesgo de agotar sus existencias del fluido en 10 o 12 años más.

Al promediar la semana y crítico del presidente Néstor Kirchner -con justicia y sólidos argumentos por sus embates sobre la libertad de prensa- el columnista de «La Nación» Joaquín Morales Solá también le había reprochado al mandatario que «mantenga conflictos con Chile y Uruguay». El periodismo se bastardea cuando al enfrentar males, que considera reales del poder gobernante, imprime la tinta de sus páginas con un ventilador.

Igual Chile va a seguir siendo subsidiada por la Argentina, que no tiene la culpa de las políticas legítimas del boliviano Evo Morales con el gas de su país que la Argentina comprará a 5 dólares el millón de BTU y que venderá a Chile a 320 porque lo prorrateará con el precio local, algo que también beneficiará a Uruguay y a Brasil en menos cantidad. En definitiva siempre queda el mismo argumento de fondo: que Chile le compre directamente a Bolivia sin triangular por la Argentina, que jamás aprovechó esa posibilidad para encarecérseloal vecino país. Al contrario, se lo cedió más barato de lo que le costaba producirlo. Eduardo Van der Kooy, en el monopolio endeudado « Clarín», también admite, aunque no había exagerado como «La Nación», que la Argentina tiene razón al subirle el precio del gas que triangula a Chile si Bolivia se lo incrementó. «Hay verdades tan evidentes que se injuria a la razón con pretender demostrarlas», decía Mariano Moreno en «La representación de los hacendados», histórico documento que, dicho sea de paso, necesitaría hoy una pluma morenista ardiente para algo parecido en este año 2006, donde el mismo sector del campo es agredido por el kirchnerismo como lo era por el monopolio español en 1809, fecha de la representación: el cipayismo y el malinchismo siguen a pleno en el caso de las papeleras de Uruguay. Se exagera el fallo de La Haya como si no hubiera comprometido enormemente a Uruguay -además de negarle la medida cautelar a la Argentina sobre detener las obras- al endilgarle toda la culpa futura si las papeleras contaminan agua y aire. Las eximió a estas empresas, Botnia y ENCE -son europeas y la Corte de La Haya funciona en ese continentey le dio a Uruguay la responsabilidad por lo que sucede en el futuro. Uruguay, a su vez, sabe que la producción concentrada en un solo lugar de 2 millones de toneladas de pasta celulosa, a 12 kilómetros de sus ciudadanos de Fray Bentos y a 30 de los ciudadanos argentinos de Gualeguaychú, afectará el medio ambiente y la salud poblacional y se probará a poco de comenzar a producir ambas, no ahora. ¿Qué «triunfo» es para Uruguay tener que asumir luego la condena de la misma Corte de La Haya, la de los ambientalistas mundiales e indemnizar a las papeleras ENCE y Botnia, o a una al menos, por asumir la responsabilidad de que sigan avanzando en obras cuando sabe que afectarán el medio ambiente y la salud humana y que, por lo menos, debería insistir en separarlas? Porque aquí hay algo clave: si Uruguay no supiera o tuviera la certeza de que no afectará la salud y las aguas del río tremenda producción de dos plantas juntas en la misma costa, hubiera aceptado que se integre un tribunal internacional de expertos que analizara el tema. Si no lo hizo, si ni siquiera quiere aceptar un dictamen del Banco Mundial, es porque sabe lo que sucederá en el futuro. ¿Qué gana entonces ahora más allá de darles salario como mano de obra a unos miles de obreros que están construyendo las plantas contaminantes? ¿Qué es «ser magnánimos en el triunfo», como escucharon algunos funcionarios argentinos de parte de uruguayos, si está comprometido el futuro por este eventual «triunfo» de hoy? Y sumarle muchas otras repercusiones que puede tener entre ambos países.

Desde ya, aparte de todo, la Argentina debe depurar sus representantes. José Pekerman, Susana Ruiz Cerrutti y Horacio Basabe son síntomas claros de que, por exagerar el sectarismo, la inteligencia no está en las cúspides dirigentes hoy en el país en casi todos los sectores. Había diplomáticos brillantes de la Argentina -eso sí, quizá no oficialistas- como para planear mejor la concurrencia a La Haya, donde suspender las obras fuera una alternativa pero haciendo más hincapié en lo que mejor salió, pero de casualidad, como es la responsabilidad ambiental sobre Uruguay.

En «Clarín» un tal Julio Blanck se siente tan enfervorizado con el relativo fallo de La Haya, que hasta lo compara en su gozo con la eliminación del seleccionado del Mundial de fútbol de Alemania. «Volvimos a perder en La Haya por goleada, 14 a 1», escribe eufórico. Le corresponde el término de Perón, el mexicano y el de Judas.

No obstante su perversidad cierto periodismo no nativo tiene, no puede decirse justificación pero sí explicación. Giran al opinar sobre los planteos de Chile porque este país defiende sus intereses, es lógico, por derecha. En cambio la empresa finlandesa Botnia -no así la española ENCE- gastó dinero en medios de prensa argentinos para desvirtuar a su favor opiniones hacia la opinión pública local. Y está en duda qué pasó con algún partido político uruguayo.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias