Como una niña reticente a entregar sus dones (decimos esto a riesgo de ser tildados de machistas), el Dow ha estado "que sí, que no, que sí, que no", sin decidirse a romper su máximo histórico desde hace casi una semana. Pero como el mercado es una niña veleidosa, pero de "sí, fácil", ayer se dio lo que aquellos más obsesionados con los récords esperaban y finalmente el Promedio Industrial cerró en 11.727,34 puntos, dejando atrás su anterior máximo por apenas 4 unidades y fracción (es la primera vez, desde que explotó la burbuja tecnológica seis años atrás, que uno de los tres principales indicadores bursátiles marca un nuevo máximo).
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Si bien esto significó que alguno "zafara" del papelón (y seguramente de la pérdida de trabajo, ya que minutos antes del cierre una importante cadena de televisión financiera ponía rimbombantes carteles anunciando el nuevo máximo, sin tener en cuenta que por ese entonces el Dow estaba debajo del cierre del 14 de enero de 2000), lo cierto es que la marca se dio en un contexto en el que el número de papeles en suba fue casi idéntico al de los que terminaron en baja y en el que si bien el NASDAQ y el S&P 500 ganaron algo menos de 0,3% (es claro que el interés de los inversores siguió concentrado en el Dow, que trepó 0,49%), la baja del Russell 2000 demostró que no fue un día de euforias (de los 30 participantes del Dow, sólo 10 quedaron ayer en valores superiores a los de enero de 2000).
Es que el camino seguido hasta aquí fue abonado más que nada por 13 trimestres consecutivos en los cuales las ganancias de las empresas crecieron a más de dos dígitos (otro récord), algo que podría verse quebrado a partir de la semana entrante.
Así, noticias que son buenas para los consumidores como el desplome del petróleo, a u$s 58,68 por barril, no lo son necesariamente para los tenedores de acciones. A celebrar entonces, pero con mesura.
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