8 de noviembre 2004 - 00:00

Si es China...

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
Si el misterioso anuncio que el gobierno deja trascender como «el mayor logro» de su gestión de 18 meses es China habría que tener cuidado con la negociación y las expectativas. No olvidemos que no es la actual una gestión administrativa de alto vuelo técnico sino de impulsos personalistas y manejo bolichero. Tampoco lo es en la designación de funcionarios, muy sesgada a santacruceños, ni en la calidad de ésos ni en los que no lo son. Es un gobierno de periódicas iridiscencias que pueden deslumbrar a algunos pero no levantar el promedio de calidad ni mostrar una planificación sólida, aunque deba admitirse que el presidente Néstor Kirchner ha aprendido mucho.

No es cuestión -si el «anuncio» es China- de que pasemos de la ironía de llamar al plan oficial «S y S» (soja y suerte) a otra de «S y Ch», al caerse estrepitosamente el precio de aquel cultivo y mantenerse el azar externo.

Se habla de una China que invertiría aquí aproximadamente 18.000 millones de dólares, algo que, efectivamente, salvaría la mayor falla del accionar actual del gobierno: la falta de inversiones, que es negar el futuro.

Una cifra así -y mucho mayor porque China hoy también hace puertos en Chile, alquiló tierras en Brasil para proveerse directamente de soja y muchas más inversiones- para esa nación asiática no es significativa: sólo en reservas estatales posee 400.000 millones de dólares. Sabe China que se desangra en pagar importaciones de materias primas y alimentos y eso que recién incorporó al consumo masivo a 300 millones de sus habitantes, que son mil trescientos millones en total. Es lógico entonces que piense en abastecerse en países como la Argentina y otros de Latinoamérica previendo la demanda futura de su gente. Ya lo hizo experimentalmente en Australia y se presentó como alternativa al petróleo de los países árabes que, por primera vez en su historia, tienen allí una opción de mercado que no sean las grandes naciones occidentales y Japón. De ahí que George W. Bush jamás pueda sacar perdedor a Estados Unidos de Irak cueste lo que cueste.

Es difícil imaginar hoy que China, por lo anterior, se interese en explorar petróleo en la Argentina, algo que alienta en sus trascendidos el gobierno con visión internacional muy corta. Sí, en cambio, es previsible que le interese invertir aquí en infraestructura, por eso ya tiene en ejecución en los Andes un nuevo paso a puertos chilenos, dado que se abastece más barato en fletes por el Océano Pacífico.

China, a diferencia de Occidente, no tiene riesgos de inversión aquí: si la Argentina no puede hacerle devoluciones por carencia de divisas, que le pague con alimentos. Y si no puede producir más, que le ceda tierras criollas a la productividad china, basada en mano de obra intensiva, barata y sin nuestra exagerada sindicalización.

Por eso la precaución no está en que venga inversión externa sino cómo la negociará un gobierno interno no dotado de las mayores inteligencias argentinas y de asesoramientos externos. No olvidemos que si llega a salir nuestro país del default con acreedores privados en enero próximo -algo para nada asegurado y que puede derrumbarse, se conoce ahora, por un simple fallo de un juez norteamericano habrá tardado 3 años. En similar situación de hecatombe financiera tardaron un solo año en salir de su default México (año 1994), los «tigres» de Asia (1997), Turquía (2000) y Rusia (1998). Aquí todavía consideramos que Roberto Lavagna es bueno cuando -en el mejor de los casos- tardará 3 años, incrementando los intereses en el lapso en el mismo monto que ingresaría China, pagando más que en el año 2000 cuando debió cerrar el acuerdo a mucho menos costo y habiendo incurrido en promesas falsas -como las de Dubai, que siempre fueron una utopía-, sacrificando la imagen internacional de la Argentina y retrasando todas las inversiones. Sin la especial suerte del sector externo -en el mejor aporte de los últimos 50 años-hoy con esas ideas el país viviría en pleno saqueos y enfrentamientos.

Por eso que estos hombres vayan a negociar un nuevo endeudamiento con China preocupa. Por lo pronto, se habla de dinero chino para un tren rápido a Rosario y Córdoba. Aunque los trenes le gusten al presidente Néstor Kirchner, endeudar el país en eso es una tontería. En China, por la magnitud de su población, un convoy ferroviario puede renovar sus pasajeros cada 30 kilómetros. En una Argentina despoblada, con escasos 36 millones de habitantes, el tren pasó a ser antieconómico -fuera de las abarrotadas zonas suburbanas- ante el progreso automotor que une pueblo con pueblo. Cuantas mayores liviandades hagamos en inversión externa los argentinos, también mayores serán las ganancias de China porque, ya se dijo, cobrar en especies no es su problema frente a sus necesidades.

Mal encaminada una inversión China en el país podría derivar en una nueva falla estructural que pesaría sobre la economía. Hace 120 años, Gran Bretaña aprovechó nuestra ansiedad y nos tendió una red ferroviaria convergente al puerto de Buenos Aires porque le convenía abastecerse por el Océano Atlántico. ¿Crearemos una nueva red ferroviaria coincidente a San Juan para favorecer el paso de productos de interés chino por puertos del Pacífico? Es un riesgo si son indoctos los funcionarios que planifican. Recordemos también que Inglaterra nos impuso las mejores carnes (los aberdeen angus, los shorthorn, los hereford al gusto del paladar inglés) y luego dejó de comprarnos por no afectar a sus propios productores o a Australia. Hoy los mayores productores de carne del mundo -sin acercarse a la calidad de la carne argentina- son Estados Unidos y Brasil. China también aquí exigirá aceites de elaboración especial, otro tipo de cultivo de vegetales de habitualidad asiática. ¿Servirán siempre?

Asociarse en inversiones e intercambio a un país como China, que en 20 años estará peleando junto con la India frente a Estados Unidos por ser la primera potencia económica mundial, no puede ser criticable internamente. Hoy China es el cuarto país para las exportaciones nacionales y podría, bastante fácilmente, ser el primero quizás hasta en un tercio de las ventas totales al exterior en 6 años.

Hay que entender al mundo y nuestra Cancillería no es precisamente del brillo de Itamaraty, en Brasil. Ahora los mercados grandes en población, aunque tengan inmensa mayoría de pobres -China, India, Brasil-son potencialmente más atractivos en relación con los dotados de riquezas naturales, incluido el petróleo, pero de escasa población, como el nuestro. Saber eso es dar el otro paso: no creerse que la Unión Europea permanecerá impávida observando la absorción de materias primas mundiales de una China en acelerado crecimiento. Ni creerse que EE.UU. va a permitir para siempre la subvaluación de la moneda china como arma para acaparar mercados mundiales con sus productos. Surge una oportunidad, un quiebre histórico para los países emergentes pobres en materias primas que no han definido un perfil industrial frente al despertar de gigantes hasta ahora dormidos o sumidos en forma de comunismo retrógrado, como el que se sacó de encima China. El enojo de los asiáticos por hacer trascender el anuncio antes de tiempo y observar las angustias de nuestros gobernantes, desesperados por acreditar méritos, nos ha pintado ya como endebles, adolescentes. Es de desear que los chinos, si son el anuncio en ciernes, no se aprovechen de esto.

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