20 de abril 2001 - 00:00

¿Un lobo con el disfraz de cordero?

El ministro Cavallo mejoró las expectativas durante los primeros días de su gestión. En efecto, el impuesto al cheque permitiría cumplir con las pautas anuales, acordadas con el Fondo Monetario, reflotando el alicaído blindaje. En forma conjunta, con las medidas financieras de la semana pasada se aseguraría la atención de todos los vencimientos de la deuda hasta fin de año. Con estas dos acciones principales nuestra sociedad tendría que ser optimista y la economía comenzar su reactivación. Pero el ministro impulsa, ahora, una «ampliación» de la Ley de Convertibilidad. Pretende incluir al euro como parte del respaldo del peso. No voy a ahondar en este tema, que he tratado suficientemente en mi libro «Dolarizar. El Fin de las Monedas Nacionales». Basta con recordar que la fórmula exitosa de la convertibilidad consistió en respaldar el peso con el dólar, la moneda deseada por la población. La pregunta que revuelve las mentes es: «¿Por qué Cavallo, conocedor de mercado, persiste en este camino?». El impacto inmediato es elevar la incertidumbre, detener la demanda y, con ello, aumentar el déficit y los riesgos del default. Las diferenciales de tasas entre dólar y peso de estos días, que llegó a casi 30% anual, así como la cotización de papeles argentinos, nos reflejan las fuertes dudas del mercado. Ventajas Una de las ventajas de la convertibilidad sancionada por el Congreso es que no se podía revisar. Cualquier intento de modificarla alertaría a los inversores que no dejarían puertas de salida sin emplear. Pero ahora, el inocente ardid de introducir el euro puede resultar en graves daños. Una vez entrado el proyecto, los congresistas pueden incluir todos los cambios que deseen. Y allí está el gran peligro. ¿Un peso con respaldo del euro, del yen, que se cotiza por encima de los 120 por dólar, o de la moneda de Burundi? Establecer una relación con una moneda que no es unidad de cuenta para la gente constituye un insulto a su inteligencia. La gente entendería que, en lugar de tener un valor fijo con la unidad de cuenta utilizada, el dólar, se estaría flotando. Y esto es exactamente lo que se intentaría ahora. En lugar de dólares, que es nuestra unidad de cuenta, euros u otro signo. El resultado será un desplazamiento de la demanda de pesos a favor del dólar. En definitiva, más dolarización. El argumento de los vínculos con las exportaciones tampoco se comprende. ¿Cómo se las arreglan los exportadores de los EE.UU., de Hong Kong, de la República Popular China y otros países con fuertes exportaciones y atados al dólar, desde hace tiempo? Si alguien quisiera hacer operaciones en otra moneda, como el euro, lo podría hacer dentro de las actuales normas. Por supuesto, los bancos sólo lo harán si entienden que el mercado tiene suficiente dimensión. Un dólar-un peso Pero siempre existirá la posibilidad de operar futuros, en algún mercado. Esta preocupación no puede resultar en pretender modificar la unidad de cuenta de los argentinos. Si tenemos pesos es solamente por su relación fija con el dólar y por algunas ventajas operativas. Pero si le quitan respaldo dólar, nuestra gente pasará a demandar más dólares. Y menos pesos. ¿Qué habrá pensado el presidente De la Rúa cuando firmó el proyecto de ley? ¿Recordará su promesa electoral «en mi gobierno un peso, un dólar?». Nuestra experiencia ha sido que las iniciativas gubernamentales siempre tienen el objeto de rompernos los bolsillos. Solamente, en circunstancias límite, cuando la sociedad ya no les da crédito alguno, es que a veces reaccionan y nos dan legados como la convertibilidad, que acaba de cumplir diez años y que ahora se hiere de muerte. Esta vez se equivoca Cavallo. Esta iniciativa nos acerca más a la dolarización puesto que la fragilidad de la convertibilidad queda al descubierto. Y, nunca suficiente insistir, los argentinos demandamos dólares, como la unidad de cuenta, el numerario del sistema.

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