Si tuviéramos que "armar" alguna explicación, sin dudas que nos volcaríamos detrás del "rebaño", agradeciendo al Comité Abierto de la Fed por el apropiado fraseo de su últimas minutas. Hablaríamos también del efecto "benéfico" de la suba del petróleo que trepó a u$s 64,21 por barril (dicen que los fondos que estaban más "vendidos" y se encuentran pletóricos de efectivo, están comenzando a "entrar" otra vez al mercado), no diríamos nada sobre la suba del oro a u$s 541,20 por onza o el desplome del dólar a 114,4 yenes y u$s 1,2156 por euro, mientras que del incremento en el costo del dinero a 4,377% anual a 10 años sólo destacaríamos que la diferencia entre las tasas parece estar " normalizándose".
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Nos quedaríamos celebrando entonces que el Dow trepó 0,71% en la última rueda a 10.959,31 puntos (el máximo desde el 8/6/01 y a un tris de romper su récord histórico). Por suerte no tenemos que "armar" nada y nos basta con pensar que el año recién comienza, y hasta ahora no hay mucho más que un posicionamiento de fichas donde las "razones" no son más que excusas.
El nombre del juego en la primera semana del año no fue "acciones", ni "bonos", sino "el dólar". Pero no es de esto de lo que hablaremos hoy. Durante los últimos seis años los principales analistas de Wall Stret han recomendando las acciones de las cotizantes más grandes del mercado. Durante estos mismos seis años, las empresas más pequeñas las han superado de manera consistente, tanto que este viernes el índice Russell 2000 quebró todas sus marcas históricas. La conclusión es obvia: a) a los analistas les cuesta aprender y b) por una mera cuestión estadística, esta vez podrían acertar. Lo curioso es que si bien los inversores parecen estar reaccionando con sus cambios de cartera a la otra gran recomendación de la "inteligencia" financiera, el casi 4% que ganaron los papeles más chicos del mercado en este corto 2006, sugiere que están dispuestos a apostar a que la séptima no será la vencida.
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