Una "modesta propuesta" para bajar dólar, inflación, pobreza, tener déficit cero, crecer y devolverle la plata al FMI

Economía

Si el déficit es erosión, entonces el déficit fiscal, es, además, erosión de confianza, la fuente de todos los males. Es vox populi que el gasto público es una 'enfermedad' que debe ser curada. Como dijo el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, la sociedad parece no estar preparada para ese desafío. La Argentina es un país pobre. En rigor, una parte importante de su población vive bajo la línea de pobreza. Y de ese ecosistema de carencias extremas, los niños son una parte fundamental. De hecho, según números de la UCA, el 48% de los niños hasta los 14 años ha experimentado alguna falencia: dos de cada diez niños padece déficit en sus comidas, y un 8 por ciento pasó hambre.

Este número de niños pequeños en los brazos, en las espaldas o pegados a los talones de sus madres y padres, es en la actualidad, un peligroso lastre para cualquier intento de salir de la crisis en la que estamos sumidos. Encontrar un método justo, barato y sencillo para hacer de estos niños miembros respetables y útiles a la comunidad, merecería infinito agradecimiento. Es cierto que un niño recién nacido puede ser alimentado por su madre con su leche durante un año. Pero es exactamente al cumplirse el primer año de edad que propongo encargarse de ellos de tal manera que, en vez de ser una carga para sus padres y, sobre todo, el Estado, puedan, por el contrario, contribuir a la alimentación. 

Se calcula que en nuestro país nacen unos 650.000 niños por año. También es sabido que, en sus primeros años, uno de cada tres termina yendo a comedores comunitarios, lo que implica muchas veces fuertes desembolsos públicos y, por ende, más deuda e impuestos excesivos sobre un sector de la sociedad. La pregunta es: ¿cómo se puede criar y sostener ese número sin el aporte del Estado? ¿Cómo hacerlo incluso ahora, que tenemos estancamiento económico, inflación del 40% anual, salarios reales a la baja, desempleo en alza, tarifas dolarizadas, combustibles cuyos precios crecen sin parar?

Me ha asegurado un experto que un niño saludable y bien alimentado es, al año de edad, un alimento de lo más delicioso y nutritivo, ya sea estofado, rostizado, horneado o hervido. Me dicen también que hay recetas que podrían incorporar la carne de niño para rellenar pastas o apañarlo en forma de milanesa. Con algo de dinero puesto en marketing, seguramente hasta podría ponerse de moda su consumo en restaurantes de Palermo Hollywood y ser ofrecido en parrillas boutique.

Por lo tanto, propongo humildemente a consideración pública que de los 650.000 niños ya computados, una tercera parte se reserve como fuerza de trabajo futura, mientras que el resto sea utilizado para venderlos como alimento a sectores de la sociedad que puedan pagarlos para sus almuerzos y cenas.
Se calcula que, en promedio, un niño recién nacido pesará entre 4 y 5 kilos y en un año podrá alcanzar, bien alimentado, un peso no menor a los 13 kilos. Acepto que esta comida será algo cara. Pero las góndolas refrigeradas de carne de niño estarán bien abastecidas todo el año, aunque será más abundante en septiembre, porque es sabido que las vacaciones de verano te dan niños. Por último, el Estado podrá ahorrarse fuertes desembolsos no sólo en alimentación sino también en salud, vivienda, educación y esparcimiento y así finalmente sanear sus cuentas para tranquilidad de un amplio sector de la sociedad que tiene pesadillas con el déficit.

• Una realidad que se repite

En 1776 Jonathan Swift, el autor de Gulliver, escribió "una modesta propuesta", una provocadora sátira destinada a escandalizar a los sectores políticos de Inglaterra cuyas políticas de recorte de gasto azotaban la realidad de buena parte del pueblo irlandés. Basado en el cinismo y el absurdo, la "propuesta" consistía en que los niños de los pobres de Irlanda sirviesen de alimento en las mesas de los ricos de Inglaterra. Irritable y por momentos cínico, Swift encarna en su obra la crítica filosófica, económica y política más clara que jamás se haya hecho.

La Argentina de hoy encaja perfecta en la sátira de Swift. Los párrafos escritos más arriba buscaron hacerse eco de esos pensamientos irreverentes y de mal gusto por si sirviesen para sacudir las conciencias adormecidas. En los últimos días, el Gobierno presentó su propuesta de déficit cero como si no fuese responsable por el destino de los cuarenta millones de argentinos. El objetivo pareció ser reforzar la idea en los mercados y el FMI, de que el ajuste del gasto público se hará cueste lo que cueste. De esa forma, especulan en la Casa Rosada, Wall Street se rendirá finalmente a la evidencia de que Argentina, esta vez, habla en serio. Piensan que así, los grandes burócratas de los billonarios fondos de inversión regresarán sobre sus pasos y desistirán de vender los bonos argentinos. Como se trata teóricamente de un círculo virtuoso, lo que sigue es fácil de imaginar.

Sin embargo, las luces de alarma se encienden y, aquí y allá, el único que parece no verlas es el propio Gobierno. Las proyecciones sugieren que la pobreza va en aumento. La UCA señala que la próxima medición tendrá 2 millones de nuevos pobres, sin contar los efectos de la brutal devaluación ocurrida durante agosto. A ello hay que sumarle una economía en recesión, empleo en vías de precarización, creciente informalidad, sectores productivos anegados, salarios que pierden en términos reales, alza sostenida y sistemática de precios.

El Gobierno subestimó las dificultades de tenía por delante. Se equivocó tratando de controlar la inflación y subir desmedidamente las tarifas al mismo tiempo. Se bajaron impuestos al campo y las mineras, se liberalizó la entrada y salida de dólares y se abrieron las importaciones sin control alguno, lo que arrojó un progresivo deterioro de la balanza de pagos. Pero sobre todas las cosas, se tomó deuda en forma escalofriante para financiar ese desequilibrio y una vez que los mercados "se cerraron" para la Argentina, recurrieron al FMI, lo que terminó por alertar al resto del mundo sobre la delicada situación económica del país.

El resto se conoce. Los anuncios de la última semana buscaron regenerar confianza de los inversores, aunque por estas horas incluso hasta los propios gigantes de Wall Street los que desconfían del Gobierno por parecerles "excesivo, irreal y peligroso socialmente" el ajuste social propuesto. En el discurso, no hubo empatía posible con la gente. Las promesas que no se cumplieron afectan no sólo a quienes tienen bonos de la Argentina sino principalmente, a los argentinos que no los tienen. Los sectores más vulnerables, que creyeron en la retórica electoral y pensaron que este Gobierno venía a sacarlos de la pobreza, la están pasando muy mal, sobre todo en el mundo real, que es una dimensión poco frecuentada por algunos funcionarios.

El Gobierno ahora sólo habla de ajuste, pasando por alto que tiene una responsabilidad sobre el destino de millones de argentinos que sufren y van a sufrir más con las medidas anunciadas. ¿Qué significa? A la megadevaluación y a la fuerte suba cada vez más veloz de los precios sobrevendrá ineludiblemente una enorme recesión. A la vez, y aunque los números teóricos del ministro 'cierren' en una planilla de cálculo, habrá que tener en cuenta que ese "ajuste" es imposible de cumplir en los hechos, como queda demostrado varias veces en la historia reciente, la última, en un plan similar, implementado por Cavallo a fines de los años 90. Es inverosímil pensar que pueden convivir mayor recesión, caída en la recaudación, recorte del salario real, conflictividad, inflación espiralizada y aumento tarifario, todo supeditado a cumplir un planteo absolutamente surrealista planteado por el Gobierno.

Es importante que la oposición política, muchos de ellos responsables de éste y otros fracasos anteriores, contribuyan a poner un manto de realismo y colaboren para salir de la incertidumbre en la que nos encontramos sumidos. De otra forma terminaremos todos preguntándonos qué quiso decir Jonathan Swift cuando escribió su "modesta propuesta".

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