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Finalmente, un factor determinante innegable del crecimiento económico es la estabilidad macroeconómica; es decir, tener políticas fiscales, monetarias y de cambio sólidas y predecibles. Un gobierno prudente establece, entre otras cosas, el curso a largo plazo de variables como la inflación, el déficit presupuestario del gobierno y deuda a niveles conducentes hacia, o al menos que no impidan, el crecimiento. Para los países en desarrollo, el manejo de la deuda denominada en moneda extranjera ha sido especialmente fastidioso.
En todas las economías, el electorado político busca emplear los poderes del Estado para incrementar su porción de los recursos nacionales limitados. Mientras los antecedentes de las economías desarrolladas están lejos de ser intachables, han tenido mucho éxito en rechazar dichas demandas. Un indicio de ese éxito es que los regímenes de tipo de cambio no han sido a menudo implementados por presiones políticas locales en estas economías.
Periódicamente, mientras una economía pide prestado en su camino al borde de la insolvencia con una deuda denominada en moneda extranjera, la capacidad del gobierno de sostener esa deuda desaparece virtualmente de un día para el otro. Esta capacidad que desaparece caracteriza casi todas las crisis financieras. Las instituciones prestamistas proveerán fondos más allá del flujo de dinero inmediato y visible en el corto plazo del prestatario sólo si perciben que el vencimiento de la deuda será refinanciado.
El primer soplo de dificultad en la capacidad de sostener una deuda induce una corrida, no diferente a una corrida bancaria. Por ello, una condición necesaria de una economía para la solvencia, de hecho una condición necesaria para el crecimiento económico, es el mantenimiento de una significativa capacidad financiera aún no utilizada. Demasiado seguido los gobiernos se han empeñado en contener crisis de deuda latentes con políticas inflacionarias que inhiben el crecimiento.
Controlar la inflación es esencial para crear un ambiente de crecimiento sostenido. Una vez que la inflación alcanza cierto punto tiene un efecto negativo en el crecimiento, de acuerdo con una investigación reciente. Stanley Fischer, por ejemplo, concluyó que si un país con una inflación de 10% se convierte en un país con una inflación de 110%, su índice de crecimiento anual caería 4%; las consecuencias de esto para la calidad de vida no pueden ser muy enfatizadas. Este efecto puede ayudar a explicar por qué Asia Oriental, donde la inflación ha sido relativamente baja en promedio, ha sido más exitosa que América latina, donde muchos países sufrieron la hiperinflación.
América latina es un buen ejemplo de los efectos nocivos de la inestabilidad macroeconómica y de los beneficios de implementar políticas sanas. Entre 1975 y 1990, cuando muchos países de América latina luchaban con grandes déficit presupuestarios e inflación alta, el ingreso per cápita promedio de esos países se expandió a un ritmo de sólo 0,5% por año. El desempeño económico en la región mejoró notablemente a principios de los '90, mientras estos países redujeron la inflación, liberaron sus regímenes cambiarios, aumentaron su apertura al comercio y desarrollaron sus mercados financieros. Más recientemente, mientras la Argentina, Brasil y otros países en la región han experimentado alteraciones económicas, México y Chile han permanecido relativamente resguardados, reflejando aparentemente la confianza del mercado en que estos países están comprometidos con políticas sanas.
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