Diálogos de Wall Street

Economía

Un fin de año sin Santa Claus y con Xi Jinping. ¿De qué se trata, Gekko?

Periodista: No apareció Santa Claus para impulsar el rally con sus trineos. ¿Alcanzará con Xi Jinping y el final de la política de covid cero? China abandona la estrategia de absoluta intolerancia a la enfermedad, levanta sus durísimas restricciones, abre las fronteras a los extranjeros sin exigir cuarentenas. ¿Es el antídoto que necesitábamos frente a la creciente preocupación por una recesión global?

Gordon Gekko: Toda señal que nade a contramano del temor reinante es bienvenida. Más en esta época del año. En el corto plazo, la dirección del mercado puede provenir de un chispazo, de un golpe de efecto oportuno. El giro de Xi, cuando su país lidia con un mar de contagios, es una buena bujía.

P.: La mejor noticia que se podía pedir, la mejora de la inflación en noviembre, que siguió a los progresos de octubre, ya se conoce, y Wall Street no respondió. ¿China podría compensar?

G.G.: La mejor noticia, como usted dice, está en el bolso. La inflación responde al tratamiento. Inclusive, la inflación núcleo de servicios aunque llevará tiempo asegurar el éxito con candado. Los mercados pusieron el acento en el lado B de la noticia. Las tasas de interés treparán más, la economía se erosiona y la insistencia de la política monetaria, que se descuenta como inevitable en los próximos meses, puede empujar a una recesión. China, libre de encierros sanitarios, sumará actividad y demanda extra. Surge una fuente de hierro en un cuadro de anemia.

P.: ¡Eureka! Calza como anillo al dedo para calmar las preocupaciones. Renace una fuente de vigor cuya potencia nadie puede ignorar.

G.G.: Sí, pero existe un trade off -un compromiso tenso- entre actividad e inflación. China con su aislamiento prestó una contribución muy favorable para amainar la inflación.

P.: Para calmar la inflación de commodities...

G.G.: La primera que se relajó. Y la única que cambió de signo. La caída de los precios de la energía, por caso, se vinculó íntimamente con la China jaqueada por las cuarentenas sucesivas. Por supuesto, una mayor actividad interna podría atenderse con energía rusa que hoy no tiene colocación por las sanciones internacionales. El precio del Brent merodea 80 dólares el barril. El crudo Ural apenas supera los 50. China podría expandir una oferta elástica de bienes y servicios a precios constantes. Pero en el margen su reinserción más activa alentará precios más altos en todo el espectro de las materias primas. Ya se insinúa en el petróleo.

P.: ¿Qué decir de los desmadres de logística que causó China con los cierres de plantas y puertos? Provocaron menos actividad y más inflación.

G.G.: Sí. Será un avance. En otro momento, el alivio hubiera sido formidable. Pero los problemas graves ya se solucionaron.

P.: ¿No hay una lectura política también? ¿No es la más importante? En el pedestal de su poder, Xi cede a las protestas de la población. El Mundial de Qatar, las multitudes sin barbijo, obligaron a sintonizar la realidad. El covid no es hoy motivo de encierro ni para los países de muy bajos ingresos. El secreto fue su integración al mundo, la disposición a recibir vacunas eficaces (sin necesidad de inventarlas localmente), y replicar estrategias de salud probadas. No le fue bien a China viviendo con lo suyo, encapsulada en una narrativa propia que perdió sentido.

G.G.: Correcto. La confrontación geopolítica con EE.UU. sigue su curso, pero no es necesario llevarla al extremo de perjudicarse a si mismo. Pero esta es la noticia de la Cumbre del G20 en Bali. Data de noviembre. El encuentro de Biden con Xi Jinping (y el aislamiento de Putin) fue el mojón relevante. Fíjese que las compañías chinas que cotizan en EE.UU. no se delistaron. Aceptaron proveer la información que exigía el regulador de EE.UU. El pragmatismo chino, en estas circunstancias, es procíclico y desactiva turbulencias. Así, ayuda a eludir una crisis.

P.: ¿Será que Xi Jinping lo convence a Santa Claus de intentar un rally bursátil de último minuto?

G.G.: Todo es posible. Pero igual habrá que acudir a las fuentes de la angustia. En tres semanas nos lloverán los balances de Wall Street. Ahí habrá que mostrar si hay razones para creer o no. ¿Qué tan razonable es la valuación? La discusión sobre la rentabilidad es materia empírica. ¿Son capaces las compañías de preservar el valor real de sus ganancias o empiezan a aflorar caídas nominales de dos dígitos? Cuando hay dudas, no alcanzan los amuletos. Se debe hurgar en las cifras.

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