Wall Street no cree en lágrimas. No derramó una sola por el general iraní Soleimani a pesar de todas las amenazas recibidas. Sin respetar el duelo, se encaramó de prisa a nuevas alturas récord. No le asustó el cisne negro abatido en Bagdad, ni la bandada de drones que lo acribilló a mansalva (propios, aunque de color no identificado) o la lluvia iridiscente de misiles ajenos que sobrevino a modo de réplica. Notable. ¿Y cómo le sentará un resfriado? Hasta el jueves, su obsesión no había cambiado. Impertérritos ante el brote de coronavirus que estalló en China, el S&P500 y el Nasdaq estrenaron máximos de la mano de los balances de IBM y Apple. El viernes, sin embargo, la Bolsa cayó 0,9%. Enfrentada a las noticias de contagio en Asia, y el segundo caso gripal en EE.UU., se puso el barbijo. ¿Será muy sensible a los estornudos? Lo descubriremos en los días por venir. En las alturas que habita preferiría evitar las sacudidas.
Tras dos jornadas de sesiones de su comité de expertos en Ginebra, la Organización Mundial de la Salud (OMS) resolvió no calificar la situación como de emergencia internacional. “Es demasiado pronto”, señalaron. Ya sabemos entonces, casi con seguridad, cuál será la próxima conmoción: la declaración de epidemia que haga la OMS. Es improbable (aunque la desaceleración no sea ippmposible) que el brote detenga su progresión y desaparezca sin trasvasar antes un umbral de crisis. Lo crucial y positivo hasta el momento es la ausencia de episodios de transmisión de la enfermedad de persona a persona.
Más allá de los esfuerzos que haga China -y del confinamiento de millones de sus ciudadanos al interior de Wuhan y otras ciudades en el corazón de la zona de riesgo original- cabe esperar el empinamiento vertical del número de afectados, así como de los casos fatales, y el salto fácil de las fronteras nacionales, la sensible ampliación geográfica del mapa de contagio (que ya llegó a Europa). No será un fenómeno excepcional. En los últimos diez años, la OMS disparó cinco alertas infecciosas de máximo nivel global. La primera con la pandemia H1N1 en 2009. Antes, en 2003, el SARS produjo el mayor revuelo que se recuerde en la opinión pública mundial. Ya fueran padecimientos en las vías respiratorias, zika o ébola, en ninguno de los casos, la salud de los mercados internacionales se resintió de forma duradera, más allá de los trastornos pasajeros (y la pesada cuenta en términos de caída de PBI en los países que como China sufrieron la incidencia directa de la enfermedad).
Lo que no logró el cisne negro de un eventual choque frontal con Irán con su despliegue ruidoso de artillería, ¿lo podrá la mano invisible de un virus microscópico? Wall Street, que no se interesa en geopolítica, y hoy en día ni siquiera en el juicio político al presidente Trump, no querrá perder el tiempo con la infectología a menos que la epidemia corte la respiración y sea imposible de ignorar. Lo más probable es que haga lo que le aconseja la historia, y ya insinúa. Una leve pausa exploratoria, un posicionamiento apenas más defensivo en el margen. Si debe tocar los portafolios, lo hará izando los bonos del Tesoro en cartera (que no precisan respirador artificial cuando surgen dificultades) y no tanto podando acciones, contra estación, en enero. La encrucijada que teme, a decir verdad, no es una gripe oriental sino una sucesión inoportuna de estornudos cuando está trepada a una cumbre de vértigo. Si se mira la tasa larga, se hundió 14 puntos base en la semana y cerró en 1,68%; hace de colchón. El S&P500 rinde 10 puntos base más que un bono del Tesoro a 10 años.
Además, la carga se acomoda con los tumbos del camino. Ayer, Soleimani; hoy, un virus; mañana, quién sabe. El precio del petróleo sube (poco) cuando se riñe con Irán; pero esta semana cayó lo que nunca desde julio: 7,5%. Comparado con su pico en el mes se ubica 14% abajo. No conviene sobre reaccionar a la primera de cambios, sino esperar. La tendencia de fondo es amigable, y la Fed, que no habla sánscrito ni cura neumonías, tiene listo su botiquín de primeros auxilios y sabrá librarnos de un catarro inesperado. En 2019 la guerra del comercio fue la clave. El eje estratégico de 2020 es la elección presidencial de noviembre. Trump es el favorito. De las encuestas y de los mercados. Dos de dos. Es simple. Y fácil de monitorear. Wall Street no parece necesitar mucho más.
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