"Estamos bien, pero justos". Alberto Pérez, el más añejo edecán político de Daniel Scioli, recita la frase como un mantra. En boca del hipotético jefe de Gabinete de un Scioli presidente, huele a invitación al rezo: a que la suerte está echada y que el domingo la moneda puede caer en 39,6% o en 40,5%. Poco y nada se puede despejar esa incertidumbre: una cifra y la otra, ubicadas a ambos lados de la frontera que define si hay o no balotaje, están separadas por un puñado minúsculo de 150 mil votos.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Scioli, el protagonista de la campaña electoral más extensa de la historia argentina -se autopostuló en abril de 2012 pero lo insinúa desde 2006- diseñó y digitó su relato de viaje, sin dejar en ningún momento de ser lo que fue en la larga década K: socio fundacional y accionista del kirchnerismo. Su máximo gesto de autonomía fue no incluir a ningún ultra-K. Tampoco es novedad: lo hizo durante sus 8 años como gobernador.
El número 9 de La Ñata atravesó su campaña entre dos fuegos. En una trinchera, el peronismo clásico, herido por el destrato de Cristina de Kirchner y el expansionismo de La Cámpora, le pidió que se desmarque de la Casa Rosada: que sea Scioli. Sólo de ese modo, dictaminaron gobernadores y operadores, obtendría "los 2 o 3 puntos de independientes" para ganar el 25-O.
El neocamporismo, que lo asimiló tras la tardía bendición de "la jefa", le reprochó su escaso kirchnerismo, el relato descafeinado y hasta el medio tono de sus discursos. Lo cuestionó por ser Scioli y lo devaluó sobre el concepto, no matemático, de que no aportó votos propios, sino que capturó única y exclusivamente el voto del FpV.
El candidato, quizá en un indicio de lo que podría ser como presidente de un continente político que abarque a aquellas dos tribus políticas, no sació enteramente ninguna de las demandas. Scioli se topó, en estas semanas, con una realidad inquietante: alguna vez soñó con el 45,3% que Cristina logró en 2007, pero no detectó a tiempo que aquel número fue posible por la costura política que hizo Néstor Kirchner con la UCR, los radicales K, que ubicaron a Julio Cobos de vice y le arrimaron volúmenes muy altos de votos en 5 provincias controladas por la UCR -Mendoza, Río Negro, Corrientes, Santiago del Estero y Catamarca- y medio centenar de municipios como, entre otros, San Isidro; Vicente López o San Martín.
En 2007, Mendoza aportó 2,5 de los 45,3 del FpV. El 9-A, colaboró con 1,1 al 38,7. En Río Negro, ocho años atrás, Cristina sacó 160 mil votos: lo mismo que obtuvo Scioli el 9-A. Aquel radicalismo, ensamblado bajo el paraguas de la Concertación, aportó entre 3 y 4 puntos al FpV nacional. Salvo el santiagueño Gerardo Zamora, de aquello no queda nada en el planeta oficial y hubo, además, una merma por el lado del peronismo -vía Sergio Massa- más voluminosa que la que, 8 años atrás, expresó Roberto Lavagna que no superó el 17%.
La numerología electoral explica el 38,7% del FpV en agosto y, en paralelo, la justeza que Scioli y Pérez confiesan a sus entornos sobre el resultado del próximo domingo. La semana que viene, si la taba cae arriba de los 40, también le rezarán en silencio a Mauricio Macri que transitó entre el purismo que invocó para no pactar con Massa y sus recientes postales con Hugo Moyano, Gerónimo "Momo" Venegas y Eduardo Duhalde.
"Me evaluaron como candidato y no como dirigente político", le dijo el tigrense a un cacique peronista que le preguntó, entre lamentos, por el frustrado acuerdo con el PRO que, con el FpV remando para llegar al 40%, permite el ejercicio -contrafáctico pero interesante- de que la discusión preelectoral sería otra con una sola oferta opositora.
No sólo se abrazó a un PJ poco taquillero; Macri terminó a las apuradas por admitir que su apuesta conservadora a forzar un balotaje puede fracasar. Se produjo lo impensado: Macri mide menos que su candidata a la gobernación, María Eugenia Vidal, que además del factor Aníbal Fernández, toma el voto radical -por su perfil, por tener a un UCR en la fórmula- que hasta acá el porteño no supo soldar. Fue, en definitiva, el único que perdió votos post-PASO. Creyó, como muchos, que el mejor segundo se quedaría mágicamente con los votos del tercero y eso, por falta de encanto, de voluntad o de relato, no lo consiguió. La magia macrista de la última semana es creer que, al final, la pulsión anti-K pesará y el voto útil migrará al jefe de Gobierno porteño.
"Massa se termina cayendo", augura, como desde hace un mes, el macrismo que termina hermanado con el FpV que de festejar el repunte del tigrense pasó, los últimos días, a asumir que esa remontada puede dañarlo. Si Massa crece, Margarita Stolbizer crece, el FIT se sostiene y Adolfo Rodríguez Saá flota en sus 2 puntos, ¿de dónde sacaría Scioli el punto y medio, los 330 mil votos que necesita para el 40,5%?
La base de todas las angustias es la provincia de Buenos Aires, que aporta el 38%/39% del caudal (porque la concurrencia supera la media nacional) y donde le cuesta perforar los 40. La estadística es tajante: siempre el peronismo (en cualquiera de sus sellos) sacó de 0,5 hasta 2,5 puntos más en PBA que a nivel nacional. El 9-A, sumó un 38,7% a nivel país con un 39,6% en PBA. Debería, si esa regla fuese infalible, llegar siquiera al 41% de bonaerenses para, sumando porciones de otras provincias -dice que en Córdoba crece, al menos, 5 puntos- sortear la cláusula de 40+1 voto del balotaje modelo Menem-Alfonsín.
Dejá tu comentario