50 años no es nada, Diego

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Nació ese domingo 30 de octubre de 1960 y nada fue igual ya. El vértigo se apoderó de cada uno de sus actos. Creció. Jugó. Se dio a conocer. Llegó a la cima del mundo subiendo los escalones de a dos o de a tres. Como él mismo lo dijo alguna vez, en una entrevista televisiva por el año 2001: «Me sacaron de Fiorito y me pusieron en el Moulin Rouge y pretendían que me supiera comportar». Nunca sus actos pasaron inadvertidos. Siempre hubo alguien que lo criticó y otro que lo vitoreó. Jamás tuvo equilibrio, ni en su vida, ni en lo que despertó en sus fanáticos hasta la locura ni en sus detractores con alma de mastines.

Con la pelota en los pies, nadie se animó a criticarlo. No por falta de valentía sino por falta de argumentos. Todavía se discute si hubo un partido que haya sido intrascendente, para su propio equipo o para el rival de turno.

En Argentinos, llegó a ser goleador en cinco campeonatos consecutivos y puso al «Bicho» en un inédito subcampeonato en el Metropolitano 1980. Redobló la apuesta, fue a Boca, en épocas de vacas en línea, no flacas, pero que no sobraban los recursos. Dio su única vuelta olímpica en el país y alcanzó para un amor de pasiones (es decir de idas y vueltas) que todavía hoy mantiene la llama ardiendo entre el pueblo xeneize y su inquebrantable corazón.

Se fue. Primero a Barcelona, después a Napoli y mientras tanto sólo volvió para pintarse el pecho de celeste y blanco. Logró que la camiseta número 10 de la Selección pudiese prescindir de la modernidad del apellido en su espalda. Campeón juvenil en Japón en un equipo mitológico, campeón del mundo en México 86 anotando cinco goles (uno mejor que el otro, uno más recordado que el otro), pero incidiendo en cada instante de los siete partidos. Sacó ticket a la eternidad alzando la copa y peleando un lugar entre los mejores de la historia, pero no entre muchos, sino entre los dos o tres mejores. Su vida fuera de la canchas no lo alejó de los ojos del planeta, por el contrario, se fijaron si se casaba, si se ponía tapado de piel, si se drogaba, si se reía, si lloraba, si se enfrentaba, si transaba pero, pocas veces, si era feliz.

Cuando muchos creían que el amor ya no era igual, la gente, su gente, la que lo bautizó como «El Diego», se ilusionaron aún más cuando la Selección cayó en sus manos. Se equivocó, se encerró, pero fue fiel a su estilo. El último Mundial nos despachó nuevamente en cuartos, pero indudablemente había despertado la ilusión que con su sola presencia alcanzaba. Hoy, parece domado, parece resignado a que ya no habrá Selección para él. Nunca se sabe, con él, nunca esta todo dicho.

No hubo ninguno igual. No hay otro igual. No habrá otro igual. Feliz cumpleaños, 10, gracias por ser argentino.

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