A diferencia de la que ha sido su postura tradicional, mantenida a lo largo de las últimas décadas, más bien tranquila en materia de presencia internacional (ha sido, por ejemplo, el país que menos ha utilizado su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), incluyendo las cuestiones económicas, China estuvo particularmente activa en las reuniones de trabajo del G-20, así como en la reciente cumbre del referido grupo en Londres. Todo un cambio, que pareciera confirmar un mayor activismo chino en el escenario económico internacional, consecuencia de una toma de conciencia acerca de la severidad de los problemas de la hora y del aumento del peso relativo del país en el mundo.
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En las cuestiones de fondo, los chinos tuvieron posturas claras. Se manifestaron, como Brasil, preocupados por el crecimiento del proteccionismo, razón por la cual trataron de impulsar la paralizada Rueda de Doha, sin tener demasiado éxito en ello, desde que la declaración final de Londres fue, en esto, más bien tibia.
En cambio, procuraron desacelerar la carrera en dirección a enfrentar el problema del cambio climático, seguramente porque China hoy es uno de los mayores contaminadores del mundo. Aquí obtuvieron resultados desde que consiguieron demorar la cuestión, por lo menos hasta fin de año, cuando tenga lugar la reunión mundial sobre el tema en Copenhague.
Finalmente, cuando los Estados Unidos insistieron en la necesidad de estimular más, desde el gasto público, a una economía mundial anémica, la respuesta fue escurridiza, buscando refugio en aquello de que no se puede pedir apoyo masivo para la economía global a un país que tiene el tamaño de la población de China.
La prensa china describió lo sucedido en Londres como una reunión en la que su Presidente, Hu Jintao, reafirmó la estatura del país y fue escuchado atentamente por el resto de los concurrentes, lo que es toda una señal. Y destacó que algunas de las principales decisiones adoptadas en Londres beneficiarán particularmente al mundo en desarrollo, como las que tienen que ver con el financiamiento del comercio exterior o las que reforzaron los recursos de los organismos de crédito tanto multilaterales como regionales, aumentando significativamente sus capacidades de préstamo.
Como es costumbre, China usó la reunión para, en paralelo, tratar de consolidar objetivos geopolíticos. Logró que Gran Bretaña admitiera oficialmente, por primera vez, que Tíbet es «parte de China». Pero no logró consensuar con Francia, cuyo hiperactivo Presidente acaba de reunirse con el Dalai Lama, lo que es un pecado mortal para los chinos, razón por la cual lo cruzaron en el tema favorito del galo, el de terminar con los «paraísos fiscales», preocupados seguramente por la situación en que quedarían los centros financieros de Hong Kong y Macao.
Una nueva China, con un andar mucho más aplomado, asertivo y participativo, parece haber emergido de la cumbre del G-20.
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