Agil relectura de “La Gaviota” de Chejov

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«Los hijos se han dormido». Versión de «La Gaviota» de A. Chéjov. Dir.: D. Veronese. Int.: F. Mirás, M. Onetto y elenco. Esc.: A. Negrin. (Sala Casacuberta - TGSM).

Todo es más ligero y dinámico que en el original de Chejov. No hay referencias de época, ni extensos soliloquios, ni silencios que hagan sentir su peso. El transcurrir de los minutos, meses y años se anuncia verbalmente y ya no existe un paisaje de fondo, ni interiores de época, sólo una mesa, un sofá y puertas que se abren y cierran con la premura de un vodevil.

«Los hijos se han dormido» reúne a los diez personajes principales de «La Gaviota» y los pone en acción sin alejarse demasiado del texto chejoviano. Pero en la versión de Daniel Veronese los conflictos de los protagonistas parecen formar parte de un fenómeno colectivo que desplaza a un segundo plano las historias individuales, ya que en general, todos repiten la siguiente fórmula: A ama a B, B ama a C, pero C no le corresponde. Jóvenes y viejos, patrones y criados limitan sus vidas a deseos insatisfechos y proyectos irrealizables mientras sufren por amor. Sólo algunos cínicos, como Trigorin (escritor de éxito y un indolente en su vida privada) o el médico Dorn (con su antigua fama de rompecorazones) se dejan llevar por la corriente ocupándose de sus tareas. Aunque también está Sorin, un alma sencilla que toma sus achaques y fracasos con humor payasesco.

Por encima de estos mortales se destaca, la gran actriz Arkádina, una diva en decadencia, nerviosa, avasallante y sólo dispuesta a escuchar a quienes la adulan. En la intensa composición que brinda María Onetto luce egocéntrica y manipuladora, divertida y temible, sobre todo con su hijo Kostia al que descuida y menosprecia. Fernán Mirás le aporta ternura y sobriedad a ese escritor torturado que juega a ser Hamlet y que luego de su decepcionante debut como dramaturgo pierde a su amada actriz Nina (muy buen trabajo de María Figueras) en manos del seductor Trigorin (amante de Arkádina) al que Kostia ya odiaba por acaparar toda la atención de su madre.

Hay una mirada casi burlona sobre estos amores desencontrados y poca paciencia para escuchar a los que filosofan, salvo cuando se habla de teatro o de la difícil relación entre arte y vida.

Veronese eliminó escenas, podó parlamentos, transfirió líneas de un personaje a otro e introdujo algunos nuevos diálogos sin distorsionar la trama de base. Algunos signos resultan algo gratuitos -como los silbidos de Mascha o la bajada de pantalones de su humillado esposo-, pero aun así la puesta invita a una relectura ágil y entretenida de esta gran pieza de 1896, con el respaldo de un talentoso elenco.

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