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Alemania: largó el año Wagner
Claudia Iten, protagonista de Isolda en la versión del teatro estatal de Nüremberg.
El primer acierto es la elección de la pareja protagónica, especialmente la Isolde de Claudia Iten. Al igual que Cio-Cio San, que Leonore, que Manon Lescaut y tantas otras heroínas operísticas, este personaje entraña el enorme desafío de una voz «de gran porte» que a la vez resulte creíble como una joven doncella. La soprano suiza lo cumple a la perfección, y excepto por una leve tirantez de la parte más aguda del registro su encarnación es soberbia. Su timbre suena completamente juvenil y su entrega dramática es conmovedora.
Iten encuentra en Vincent Wolfsteiner a un partenaire perfecto, con notable resistencia, expresividad y convicción y plasticidad escénica. No menos sobresaliente es la BrangTMne de Ruth Maria Nicolay, cantante de medios vocales privilegiados y eficaz en todo momento. Menos brillantes son los desempeños de Martin Berner (Kurwenal) y Guido Jentjens (Rey Marke): ambos artistas parecen no lograr el mejor resultado de sus bellas voces. Sí convence en cambio el Melot de Hans Kittlemann.
El concepto visual y teatral de Monique Wagemakers logra delinear y transmitir con pocos elementos la fuerza del drama, y la iluminación de Olaf Lundt y el vestuario de Gabriele Heimann lo subrayan a la perfección. El estatismo de la puesta parece totalmente premeditado, y los «frisos» que la directora compone son de una belleza innegable, apoyada también en la estructura móvil creada por Dirk Becker, y la marcación actoral se advierte cuidadosa. Marcus Bosch, director musical de esta casa de ópera, imprime a la partitura una sonoridad exhuberante al mando del Coro Estable y la excelente Filarmónica Estatal de Nüremberg.
* Enviada Especial


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