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Alfred Nobel y la invención del micrófono
Famoso clarinetista y saxofonista cubano residente en Nueva Jersey, Paquito D’Rivera envió a esta sección un artículo en el que arremete por igual contra sonidistas, bateristas y bajistas en el jazz. Con ácido humor, “Paq-Man” (como muchos lo llaman) invita a reflexionar sobre temas ligados al volumen excesivo en los conciertos.
“El micrófono ha sido usado y abusado hasta provocar destrozos irreversibles en el buen gusto y en los oídos de los oyentes, con la ayuda de los sonidistas y la aprobación de los músicos, que cada vez piden más volumen.” (Paquito D’Rivera).
Se supone que la tecnología está ahí para ayudar al arte, no para cubrirlo. Pero desgraciadamente, salvo raras (cada vez más raras) excepciones, la invención del micrófono que se acredita al alemán Emile Berliner en 1876, ha resultado casi tan dañina como la dinamita de Alfred Nobel. Es que ha sido usado y abusado hasta provocar destrozos irreversibles en el buen gusto y en los oídos de los oyentes, con la ayuda de los sonidistas y la aprobación de los músicos, que cada vez piden más y más volumen en sus monitores, y por lo tanto en la sala. Tal parece como que todos han llegado a la conclusión de que mientras más fuerte, mejor se oye la música. O que volumen es supuestamente sinónimo de energía, y que el que grita más duro es el que gana, ¿no es así? ¡Qué pena, caray!
Yo he visto agregar tanto volumen y reverberación a la flauta de Dave Valentín, hasta convertir su hermoso sonido natural en un verdadero sintetizador, más apropiado para un combo de "heavy metal" que para tocar "Obsesión", la pieza de Pedro Flores que él y su público tanto disfrutan. Y es que ya el efectismo, el circo, la adicción al aplauso fácil y el volumen excesivo han llegado como marea negra a la música latina, y hoy en día, todo es "forte" y "fortissimo".
"Gracias Paq-Man. Nos hablas al alma a las innumerables víctimas de esta fenomenología", me escribió el pianista colombiano Héctor Martignon. "He pensado en este problema millones de veces", comentaba el trompetista brasileño Claudio Roditi. "Muchos cantantes han sido víctimas de ese abuso del volumen. Yo soy sólo una de ellas", se queja amargamente la soprano Brenda Feliciano.
Hace años, el legendario ingeniero de sonido Rudy Van Gelder, que hizo aquellas famosas grabaciones de Impulse!, Blue Note, CTI y Atlantic con Coltrane, Monk, Hubbart, Rollins, Miles, Lee Morgan y todos esos jazzistas gordísimos de los cincuentas y sesentas, tuvo las pelotas de decirle textualmente a la revista Down Beat que: "los pianistas de jazz o no quieren o no saben sacarle un sonido decente al piano". Y es verdad que es difícil encontrar pianistas de jazz con la belleza y la elegancia sonora de Kenny Barron, Makoto Ozone, Teddy Wilson, Renee Rosnes o Bill Evans. Pero no hay duda de que parte de la culpa de eso la tienen los bateristas tocando cada vez más fuerte y obligando a los pianistas a aporrear el teclado, a pedir más volumen en los monitores y por lo tanto a destruir el carácter acústico inherente al instrumento. Yo me atrevo a asegurar que esa era una de las razones por las cuales Nat "King" Cole y Oscar Peterson muchas veces no usaban batería en sus tríos.
"Dame más piano en el monitor", es la palabra de orden. Y mi pregunta es siempre la misma: "Coño, ¿y por qué no tocas más suave para que puedas escuchar lo que está haciendo el freakin' pianista? ¿Dejastes las brochas en casa o qué?".
El gran pianista argentino Jorge Dalto aseguraba que los bateristas llevaban dentro el "pecado original", y que cuando se comportaban de otra forma lo hacían con gran esfuerzo, pues iba en contra de su naturaleza. "Si no, hubieran estudiado el arpa o la flauta, ¿no?", decía entre en serio y en broma. Y yo agrego que si los perros aprenden a convivir y respetar la integridad de los gatos, y hasta los leones son entrenados para no comerse al domador, no veo por qué no pueda aplicarse este mismo principio a los percusionistas.
No me malinterpreten. La batería, como la trompeta, el trombón de varas y hasta un poco el saxofón, es un instrumento de fuerte presencia sonora. Es parte de su personalidad y característica. Se trata solamente de evitar los excesos, no de perder "swing" ni energía. La fórmula es sencilla: Si no oyes al que está a tu lado, estás tocando muy fuerte. ¿Me explico?
Otro tanto pasa con muchos bajistas que, desde que inventaron la guitarra bajo, se creen que están tocando siempre con Kiss o con Metallica. Se alían a los bateristas, y yo creo que hasta compran los tapones esos para los oídos juntos, de a cuatro, para así, entre los dos, hacerles la vida insufrible a los demás músicos. Seguro que por eso mismo Wynton Marsalis le ha sacado el micrófono de contacto al bajo de Carlitos Henríquez, y así controla mejor al baterista, que entonces no encuentra un cómplice.
Claro que esto de los micrófonos apagados aplica mayormente a conciertos bajo techo. Yo también creía en este concepto hasta que en el anfiteatro de un festival al aire libre, el trompetista Terrence Blanchard mandó a retirar todos los micrófonos, ¡incluyendo el del exquisito pianista Ed Simon!, y todo se escuchó clarísimo y con tremendo "swing". Lo único que hubo que hacer fue callar y escuchar con atención, que para eso se inventó la música en un principio. ¿Es o no es?


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